El hombre de Vitruvio de Leonardo da Vinci
El hombre de Vitruvio de Leonardo da Vinci

La desigualdad carcome el respeto, escribía el sociólogo Richard Sennett en su libro "El respeto. Sobre la dignidad del hombre en un mundo de desigualdades."

La desigualdad carcome el respeto, escribía el sociólogo Richard Sennett en su libro El respeto. Sobre la dignidad del hombre en un mundo de desigualdades. La visión desigual y separada de las dos culturas por las que miramos e intentamos interpretar el mundo (humanística y científicotécnica), podemos tomarla como una perdida de este respeto mutuo que deriva del interés de situar a cada una por encima de la otra, sea por pura ignorancia, desdén e incomprensión mutua.

Cuando a una persona no se le concede reconocimiento y no se la ve como un ser humano integral cuya presencia importa, dice Sennett,  y la sociedad trata de esta manera a las masas y solo destaca a un pequeño número de individuos como objeto de reconocimiento, la consecuencia es la escasez de respeto.

Desde una primera relación histórica entre una cultura humanística ligada al saber clásico  y que reivindica una valorización de las artes y las letras, se han situado frente a ella y en oposición la mayoría de las veces, las denominadas culturas  científicas o técnicas.

Lo que somos, está muy connotado por nuestro entorno, que es marcadamente humanístico y a la vez tecnológico.

La tercera cultura

Actualmente, se hace necesario reivindicar una nueva cultura de síntesis, comprometida con los valores de  un humanismo que también reclama un compromiso con esta tercera cultura integradora, de respeto y conocimiento mutuo y que deje ya de la lado la reafirmación ontológica, unidimensional y desfasada de: o ser de ciencias, o ser de letras. Un “ser o no ser de…” que ya queda un poco estúpido, porqué precisamente lo que somos, está muy connotado por nuestro entorno, que es marcadamente humanístico y a la vez tecnológico. Es más híbrido y contaminado que puro, e incorpora más identidades múltiples y diferencias que una sola y simple identidad cultural.

Hay que tomar partido

La cultura de la sostenibilidad es una parte de la labor que nos ha de ocupar: por necesidad urgente aquí y ahora, pero también por imperativo de responsabilidad futura. Porque los limites planetarios de nuestra casa común con mas de siete mil millones de almas ya están rompiendo costuras a nuestro sistema tierra formado por la biosfera, la hidrosfera, la atmósfera, la edafosfera y la geosfera, que así se traduce  con todos sus efectos: cambio climático, calidad del aire, pérdida de biodiversidad…Por esto es tan necesario el tomar partido (como escribía el poeta Gabriel Celaya en su poema La poesía es un arma cargada de futuro: “hay que tomar partido, partido hasta mancharse...”) para luchar contra aquello que  tanto a nivel individual y general como a nivel privado y público nos afecta.

De aquí nuestra apuesta y respeto por una tecnología que esté comprometida y tome partido por todo aquello que ayude a corregir el rumbo de nuestros excesos. Pero no sólo  a través de las técnicas, también con nuevas leyes, inversión, actitudes, valores  y normas que vayan regenerando nuestro tejido social, cultural, político, industrial, agrícola, territorial, económico…

El término humanismo

El término humanismo que queda definido en Alemania en el siglo XIX para designar   el movimiento iniciado por los humanistas del siglo XV que entendían su papel de maestros o estudiosos de las humanidades (studia humanitatitis) lo era a través de la adquisición de conocimientos y experiencias (a través de materias como la gramática, la retórica, la poética, la historia y la filosofía moral) que han formando parte de un concepto de lo que hoy diríamos “tener cultura” y que siempre ha dejado al margen cualquier aspecto que tuviese algo que ver con las ciencias o las tecnologías.

Entre tecnofóbicos y tecnofílicos

A lo largo de la historia, numerosos autores han contribuido al debate adoptando posiciones de superioridad moral de unos respecto a los otros. Tecnofóbicos y tecnofílicos se han visto las caras tomando partido, unos desde su reivindicación como contribución al progreso y los otros desde una mirada de desconfianza y recelo.

En la antigua Grecia las posiciones antitecnológicas eran el resultado de un autoconcepto del hombre  en el que el papel de la técnica era visto como perturbadora de la armonía de la naturaleza. En el Renacimiento las cosas toman otro rumbo de la mano de Francis Bacon, que contrapone los métodos de las ciencias empíricas con la de los pensadores escolásticos. Quizás Leonado da Vinci haya sido  la figura que mejor haya personificado las aspiraciones de un modelo que reúna tanto las artes como las humanidades y las ciencias. Ya en la Ilustración y con las nuevas ideas de progreso, se busca compaginar el nuevo ideal puesto en la naturaleza con el de la técnica, pero desde una cierta desconfianza (Rousseau vs. Voltaire). En la modernidad, autores como Ortega y Gasset, Martín Heidegger, los miembros de la Escuela de Frankfurt (Adorno, Horkheimer, Benjamin), Jacques Ellul o Paul Virilio ponen el acento en una cierta desconfianza hacia una técnica dominadora, instrumentalizada, deshumanizada,  alienante y que nos puede hacer perder de vista el mundo real

Por otro lado, encontramos a los partidarios de otorgar a la tecnología un papel histórico determinante en la transformación y progreso de la humanidad. Así, los transhumanistas defienden las tecnologías como medios para mejorar la especie y superar así las limitaciones de nuestra condición humana como la vejez, enfermedades y mortandad. Autores como Julian Huxley y J. B. S. Haldane defendían la aplicación de la genética y otras ciencias en los seres humanos. Marvin Minsky (uno de los padres de la inteligencia artificial)  Raymon Kurzweil o  Hans Moravec auguran profundos avances en el campo de la inteligencia artificial y las ciencias cognitivas, la robótica,  el ámbito de las biotecnologías o de las nanotecnolgías; todas ellas vistas como auténticos agentes de cambio que comportarán importantes transformaciones culturales y sociales.

La crítica a estas propuestas, por una interpretación asociada a las ideas eugenésicas de tan malos recuerdos en los casos de limpieza étnica,  cuestionan y plantean muchos interrogantes sobre los límites de dichas mejoras. Así, ante las tecnofilias y tecnofobias, quizás un posición intermedia la ocupe el tecnorealismo, que pretende hacer una aproximación a la relación entre tecnología, cultura y sociedad de una manera dialógica y buscando el equilibrio crítico entre las dos posiciones,  a la vez que permita articular una determinada manera de ver la realidad  y de vivir en nuestra sociedad. De aquí la propuesta y necesidad de un humanismo que incorpore una visión integradora, tanto de una cultura artisticohumanista como de la cultura cientificotécnica. Una cooperación y coproducción que, delante de la actual hiperespecialización y transdisciplinariedad, sepa integrar sus problemas en un ámbito global al que aportar soluciones. El filósofo Edgar Morin o el sociobiologo  Edward Osborne Wilson son dos autores que aportan propuestas en esta línea.

La poesía es un arma cargada de futuro

Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmado,
como un pulso que golpea las tinieblas,

cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.

Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,
piden ley para aquello que sienten excesivo.

Con la velocidad del instinto,
con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte
en lo idéntico a sí mismo.

Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.

Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.

Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.

Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.

Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
y calculo por eso con técnica qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros.

Tal es mi poesía: poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.

No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.

Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.

Gabriel Celaya

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