Híbridos y Eléctricos

CUANDO UN VASO NO ES UN VASO Y UN PLATO NO ES UN PLATO

El "chip maligno" de Volkswagen: de las utopías a las distopías

El descubrimiento del "chip maligno" de Volkswagen ha puesto al descubierto algunos fallos en el sistema de control públicos y privados, así como en los procesos de análisis, verificación y homologación.

Volkswagen.
Volkswagen.

El descubrimiento del "chip maligno" de Volkswagen (fraudulento uso de la tecnología para hacernos creer que éramos felices compradores de vehículos ecológicos) ha puesto al descubierto algunos fallos en el sistema de control públicos y privados, así como en los procesos de análisis, verificación y homologación. Además de un claro perjuicio a la salud y al medio ambiente, ha generado un problema de confianza, engaño y indefensión en los usuarios. También las responsabilidades para todos aquellos que lo han hecho posible de forma directa o indirecta; desde la propia empresa, a los responsables políticos que no han sabido poner límite y previsión.

Así que cuando el vaso no es un vaso y el plato no es un plato, o lo que es lo mismo, lo que dicen que es, no es, y que lo racional no es real, aquí se nos plantea aquello que  ya  desde posiciones racionalistas Descartes se planteaba: ¿como podemos obtener certezas absolutas y evitar errores o engaños? ¿Son suficientes las pruebas de claridad y distinción? ¿Y si un genio maligno (o "chip maligno" en nuestro caso) nos quiere engañar? Para todas estas dudas, de lo único que estaba seguro era de su pensamiento y en nuestro caso nos situamos ante el juicio de algo que podemos sacar nuestras propias conclusiones y nuestra opinión: decir lo que pensamos.

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Por otra parte, respecto a la responsabilidad empresarial de la marca, nos hace pensar en un análisis que cuestione un pensamiento que tira de la mano racionalista, pero en la vertiente más dogmática y menos ilustrada (palabra que deriva de “luces”) de una sociedad que también quiere participar de esta utopía del progreso, pero que la realidad la sitúa en la pura distopía.

Lo ocurrido, ha de hacernos reflexionar y exigir compromisos éticos, protocolos de control y verificación, una mayor transparencia informativa de lo que se pone a la venta, así como posibles soluciones de monitoreo para el usuario. ¿Quién puede decir o saber que su automóvil, en cualquier condición de uso, emite con garantías los mínimos anticontaminantes?

Además, son necesarios mecanismos públicos de inspección que garanticen al consumidor que tanto las características, como los requisitos del automóvil, se ajusten a la realidad de la mercadotecnia que los difunden; por no señalar lo evidente y  lo que parecería más obvio: una mayor apuesta por la promoción de los automóviles eléctricos que no están comprometidos directamente en sus motores con la emisión de gases contaminantes a la atmósfera como el que nos ocupa.

Los problemas del "chip maligno": más NOx

Alguien se imagina (quizás muchos) que como consumidores de alimentos y bebidas nos estén dando gato por liebre a costa de nuestra salud con altos porcentajes, por poner un ejemplo, de E-aditivos cancerígenos en diferentes productos?  En este sentido,  la emisión de los motores con el "chip maligno" ha provocado (está provocando) niveles de Óxidos de Nitrógeno (NOx) que comportan graves problemas:

  • Medio ambientales: lluvia ácida, niebla tóxica (smog) y destrucción del ozono.
  • Enfermedades: bronquitis, neumonía, alteración sistema inmunológico.

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¿Jugar con los límites tecnológicos o cambiar de tecnologia?

En realidad, hay aspectos tecnológicos que presentan contradicciones difíciles de resolver porque en el caso de los motores diesel, si pretendemos aumentar la potencia con consumos y emisiones bajas, lo que se gana por una parte, necesitamos rebajarlo por otra. Más potencia con menos cilindrada=más temperatura, más presión y exceso de oxígeno en la cámara de combustión=más óxidos de nitrógeno; y si se pretenden rebajar, hemos de disminuir el exceso de aire, recircular gases de escape, reducción catalítica con urea o amoníaco, etc., con lo que todo irá en contra de la potencia del motor.

Ocurre como en el campo de los materiales de las herramientas de corte para una máquina: no pueden reunir a la vez máxima dureza y tenacidad. La que es dura no es tenaz. Así que, a no ser que apliquemos el laser y dejemos atrás toda la tecnología de materiales, tendremos la imposición de unos límites siempre.

Si realmente estamos en el estadio 4.0 de una nueva revolución industrial en la que las fábricas pretenden aprovechar más los usos de las TIC, el big data, y de la comunicación con las máquinas en un entorno que nos sitúa ahora en el internet de las cosas, parece evidente y lógico apostar y exigir un mayor rigor y poder de control por parte de los usuarios. A caso nos hemos de creer que no hay tecnología para monitorizar todos los posibles gases de escape tóxicos de un motor térmico?

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No obstante, parece claro que lo suyo sería apostar de una vez por todas por las tecnologías que minimizan su impacto medioambiental. Me refiero a las del vehículo eléctrico que ayudarían a reducir las importantes cifras de muertes prematuras por contaminación en la UE por la mala calidad del aire (se estima en 450.000 muertes anuales) y en costes: solamente por las partículas emitidas por el diesel en España y las muertes prematuras que ocasiona (27.000 muertes), supera los 38.000 millones, según la OMS en un informe reciente. Xavier Querol, profesor de investigación del CSIC, asegura que “la contaminación acorta 9 meses la vida de los europeos”.

¿Como eliminamos dudas?

Decíamos antes que Descartes planteó la duda del genio maligno ante aquellas propuestas de legitimación que parecían aportar la máxima evidencia. La culminación de su duda metódica en sus Meditaciones Metafísicas, hace patente su radical búsqueda de un camino (método) que pudiera liberarnos del engaño posible y que nos permitiese eliminar cualquier duda. La hipótesis del genio maligno es la propuesta de llevar al extremo crítico cualquier evidencia de “claridad y distinción”. Por ello Descartes propone como refugio último de cualquier engaño el hecho de que siempre tendremos la convicción clara de que el hecho de que pensemos es el único aspecto que  no comporta duda. 

Pero decía Kant en Qué es la Ilustración que hemos de atrevernos a pensar (spaere aude!) y tener el coraje de servirnos del propio entendimiento, porque la Ilustración, decía, es la salida del hombre de su culpable minoría de edad. Una minoría de edad que es culpable cuando su causa se encuentra en una falta no del entendimiento, sino de la decisión y el coraje de hacerlo servir sin la guía de otro. En el caso Volkswagen, ¿nadie ha pensado por si mismo? Todos han guiado su acción desde la complicidad gregaria de las órdenes recibidas? Nadie ha tenido el coraje de usar el propio entendimiento? Y los poderes públicos, actúan con coraje y en defensa de la salud de los ciudadanos?

¿De la utopía a la distopía?

Lo que tendría que ser el camino de progreso hacia un mundo mejor (cuanto menos de no empeorarlo y hacerlo más sostenible), más justo, más digno y mas libre de contaminación, es decir, imaginar un lugar posible en el futuro próximo (utopía), parece ser que choca con una realidad que nos sitúa en todo lo contrario, el de una sociedad cada vez más negativa, en la que el engaño y una cierta alienación moral actúan como elementos dominantes de una sociedad utópica negativa (distopía).

Ficciones distópicas

En una sociedad donde la inteligencia y lo inteligente se pone al servicio del fraude y el enmascaramiento, no nos permite avanzar en el campo de lo mejor posible. La distopía que la literatura nos brinda en creaciones como “Un mundo feliz” de Aldous Huxley, que contrapone una humanidad irónicamente feliz, muy avanzada tecnológicamente, sin guerras y sin pobreza (utópica), donde triunfan los dioses del consumo y el bienestar y se consigue la felicidad en base a un sistema eugenésico (selección artificial de la mejora de rasgos hereditarios en las personas), pero lo hace, eso sí, a costa de eliminar la multiplicidad de valores culturales, la familia, el arte, la ciencia, la religión o la filosofía.

Volkswagen emisiones contaminación

También encontramos ficciones distópicas en obras como la de 1894 de George Orwell, con la omnipresencia del Gran Hermano en una sociedad donde se manipula la información a través de actitudes totalitarias y represoras. O también Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, donde los bomberos se encargan de quemar libros porque se cree que leer impide ser feliz y provoca ansiedad.

Desde el cine, también nos podríamos remontar a Metrópolis (1927) de Fritz Lang que recrea una sociedad pensada en pleno siglo XXI en el que unas élites intelectuales y propietarias viven en la superficie de una ciudad-estado llamada Metrópolis y se encargan de dirigir a la clase obrera que vive en un gueto subterráneo y que trabaja para la clase dirigente…

En definitiva, la búsqueda de una sociedad utópica genera en muchos casos una realidad distópica. Cuando la tecnología se utiliza al servicio del fraude y el enmascaramiento, lo que hace falta es preguntarnos por el poder de los poderes públicos y el de la responsabilidad de las empresas y sus dirigentes ante sus  excesos (ya nos hemos olvidado de Lheman Brothers y la saga de fraudes financieros o bancarios?). Porque ante la utopía del progreso indefinido con promesa de final feliz, cabe contraponer siempre el de una cierta moral provisional que nos sitúe ante una realidad afectada por los medios materiales y humanos que podamos utilizar para conseguirlo y que en definitiva son más importantes.

Hay gente empeñada en hacernos pensar en que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Que hay que ser optimistas y someternos al imperativo de lo que hay: porque “un plato es un plato y un vaso es un vaso” y así, las cosas y el pensamiento han de seguir un orden racional, evidente, claro e incontestable, como el del cuento de Voltaire que les resumimos con su moraleja.

Un cuento filosófico contra el optimismo racionalista estúpido

Volkswagen emisiones contaminación Voltaire, en su cuento filosófico Cándido, o el optimismo, plantea en tono irónico una crítica al optimismo racionalista de Leibniz que hacía furor en el siglo XVII y que proponía la idea determinista de que se vivía en el mejor de los mundos posibles.

El relato narra un viaje de ida y vuelta (de la ignorancia a la felicidad) a través de un mundo inmenso, recién descubierto pero lleno de imprevistos, fatigas y penalidades. El relato acaba con el desengaño de su protagonista Cándido al darse cuenta que había confiado demasiado ingenuamente con los consejos del filósofo y maestro Pangloss (representa a Leibniz) y que siempre le repetía que todo sucede para bien y que vivía en el mejor de los mundos posibles.

Cándido, desencantado a lo largo de su periplo, nos plantea el de la experiencia ilustrada que entra en crisis (Voltaire tenia 65 años al publicar esta obra) por lo que el protagonista termina afirmando que lo que hemos de hacer, es cultivar nuestro huerto (il faut cultiver notre jardín) y combatir así las ideas que el racionalismo de la época planteaban (con la ayuda de Dios).

Así, el racionalismo ilustrado de Voltaire oscila entre un racionalismo optimista que lucha contra el fanatismo, la intolerancia y la superstición, pero también pesimismo contra la estupidez humana que se hace cada vez más evidente y en nombre de las lógicas de la guerra, el catolicismo o del intelectual o político de turno.

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