Cuando hablamos de hidrógeno y movilidad solemos mirar al final de la cadena: vehículos de pila de combustible, hidrogeneras, autonomía o precio del kilogramo. Sin embargo, buena parte de la viabilidad del hidrógeno renovable para el transporte se decide mucho antes, en una pieza poco visible y decisiva: el electrolizador. La cuestión de fondo no es solo producir hidrógeno verde, sino hacerlo con equipos capaces de trabajar con energías renovables variables sin que esa operación dispare su degradación ni el coste final del hidrógeno.
Actualmente, de las dos tecnologías más maduras comercialmente, los electrolizadores PEM presentan un potencial excepcional para integrarse con fuentes renovables de carácter variable e intermitente como la solar fotovoltaica o la eólica. Son compactos, se adaptan rápidamente a cambios en la corriente eléctrica, pueden operar a mayores densidades de corriente y proporcionan un hidrógeno de elevada pureza.
Pero esa ventaja técnica convive con dos limitaciones fundamentales: mayores costes respecto a la tecnología alcalina y problemas de durabilidad, especialmente cuando el equipo debe seguir perfiles de operación muy dinámicos.
Ahí es donde está la necesidad real que hay que resolver. Si la electrólisis PEM quiere consolidarse en movilidad, almacenamiento energético o integración industrial, no basta con que funcione bien en condiciones ideales. Hace falta una solución que permita producir hidrógeno renovable de forma flexible y competitiva sin castigar el electrolizador. Eso implica actuar sobre dos planos a la vez: por un lado, desarrollar electrodos más eficientes, económicos, sostenibles y resistentes a la degradación; por otro, incorporar esa información en la forma en que se opera la planta para minimizar el coste nivelado del hidrógeno y maximizar la vida útil del equipo.
En este contexto se enmarca el proyecto HEDERA, liderado por el Instituto Tecnológico de la Energía (ITE). Su planteamiento da respuesta precisamente a esa necesidad: desarrollar nuevos electrodos para electrólisis PEM, identificar los mecanismos de degradación que afectan a su funcionamiento bajo distintos escenarios operativos y, a partir de ahí, construir un modelo predictivo de degradación que se integre en un algoritmo de optimización dentro de un entorno digital de planta.
El objetivo no es solo entender cómo se deteriora el equipo, sino utilizar ese conocimiento para obtener consignas de operación que garanticen un acoplamiento renovable efectivo, minimizando el LCOH y prolongando la vida útil del sistema.
Resolver el problema en origen
Este enfoque cambia el debate. A menudo se habla del hidrógeno poniendo el foco en el vehículo o en la infraestructura de repostaje, pero rara vez se incorpora a la ecuación el comportamiento real de la planta que lo produce.
Sin embargo, un autobús o un camión de hidrógeno difícilmente serán competitivos si el hidrógeno que los alimenta procede de un sistema de electrólisis sometido a una degradación acelerada, con mayores costes de mantenimiento y una operación poco optimizada.
El reto, por tanto, no está solo en generar hidrógeno, sino en gestionar bien la electrólisis cuando depende de una renovable que sube y baja continuamente.
La solución que se plantea en HEDERA es relevante precisamente porque conecta el desarrollo de materiales con la explotación práctica del sistema. No se queda en la mejora del componente, sino que añade una capa de inteligencia operativa: el conocimiento sobre degradación se transforma en una herramienta útil para decidir cómo debe operar el electrolizador en cada escenario, teniendo en cuenta la disponibilidad renovable prevista, el almacenamiento disponible o la demanda que se debe cubrir. Ese salto es clave para hacer del hidrógeno una opción más fiable y competitiva en contextos reales de uso.
Por todo ello, avanzar hacia electrolizadores PEM más robustos y mejor gestionados no es un detalle técnico reservado a especialistas. Es una condición necesaria para que muchas de las promesas del hidrógeno renovable puedan materializarse en aplicaciones de movilidad, industriales o de almacenamiento.
En la transición hacia una economía descarbonizada solemos fijarnos en lo que se ve: el vehículo, el punto de carga o la hidrogenera. Sin embargo, en el caso del hidrógeno, una parte decisiva del futuro se está jugando dentro del electrolizador y en cómo lo integramos con el sol y el viento. Ahí es donde empieza realmente esa revolución silenciosa.
Nota: El proyecto Hedera, con expediente IMDEEA/2025/106, ha sido financiado por IVACE+i y la Unión Europea dentro del Programa Operativo FEDER de la Comunidad Valenciana 2021–2027.