Patatas fritas sí, refrescos no: la singular historia de camiones eléctricos que ejemplifica el gran problema del transporte pesado y las baterías

La limitación del peso de las baterías afecta la carga útil de los camiones eléctricos, reduciendo su autonomía y rentabilidad en rutas de larga distancia.

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La ‘anécdota’ en la flota de Tesla Semi de PepsiCo.
30/04/2026 13:30
Actualizado a 30/04/2026 13:30

El transporte pesado por carretera se enfrenta a uno de los mayores retos de la electrificación: el equilibrio entre el peso de las baterías y la capacidad de carga útil. A diferencia de los camiones diésel, donde el combustible apenas penaliza la masa total, en un camión eléctrico el sistema de almacenamiento energético puede añadir más de una tonelada adicional.

Un paquete de baterías de unos 600 kWh, el necesario para lograr autonomías cercanas a los 500 kilómetros, puede superar los 1.200 kg, lo que reduce directamente la mercancía que puede transportarse dentro de los límites legales. Este condicionante se traduce en decisiones operativas claras: no es lo mismo mover productos ligeros que cargas densas.

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Un paquete de baterías de 600 kWh pesa unas 1,2 t lo que recorta la carga útil frente a los camiones convencionales.

Un equilibrio difícil de lograr

En pruebas reales, la diferencia es evidente, con autonomías que varían drásticamente según el peso transportado, lo que obliga a optimizar rutas y tipología de mercancía. El gran desafío de la movilidad eléctrica pesada es compensar el peso de la batería sin sacrificar la carga. Los camiones eléctricos deben reservar parte de la masa máxima autorizada para las baterías, lo que resta capacidad de transporte.

Por ejemplo, ensayos reales con Tesla Semi en flotas de PepsiCo mostraron que un camión lleno de patatas fritas (carga ligera) recorrió hasta 684 km, pero con un remolque lleno de refrescos (carga pesada) sólo 160 km. Esta drástica diferencia ilustra cómo la mayor masa de las baterías y la carga reduce la autonomía de los vehículos pesados.

Más allá de anécdotas, los datos confirman la relación: a mayor peso, mayor consumo energético. Según la Agencia Europea de Medio Ambiente (AEMA), un camión de 40 toneladas consume alrededor de 210 kWh/100 km, mientras que uno de 18 t unos 160 kWh/100 km.

Esa variación se debe en parte al peso extra de las baterías necesario para conseguir más autonomía. Por ejemplo, lograr 500 km de alcance requiere unas 600 kWh de batería, que a razón de 2 kg/kWh suponen unos 1,2 toneladas de batería. Cada 100 kWh adicionales añaden casi 200 kg de masa.

El tipo de batería también influye: las más densas (NMC) pesan 1,2–1,8 kg/kWh, mientras que las más seguras pero más pesadas (LFP) rondan los 1,8–2,0 kg/kWh. El resultado es que se debe decidir cuánto rango extra vale la pena por camión al reducir la capacidad de carga.

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Varios camiones eléctricos pesados recargando sus enormes baterías.Gemini

El efecto sobre la carga útil es significativo. Estudios comparativos señalan que, para rangos típicos de 300–500 km, los camiones eléctricos ofrecen aproximadamente el 95 % de la carga útil de un diésel equivalente. En distancias mayores la brecha aumenta (por ejemplo, un Tesla Semi con 800 km tiene 90 % de la carga de un camión diésel).

Este compromiso técnico no tiene una solución simple, pero sí un margen de mejora progresivo. No obstante, las regulaciones europeas han empezado a compensar esta desventaja. La UE permite ahora añadir hasta 4 toneladas adicionales al peso máximo de conjuntos 100% eléctricos lo que eleva el límite habitual de 40 t a 44 t para camiones eléctricos.

En España se sigue la directiva europea y además la DGT autoriza ampliar hasta 1 tonelada la MMA por tecnologías alternativas (incluyendo baterías). Estos cambios ayudan a recuperar parte de la carga útil sacrificada por el peso de la batería.

Aun así, el problema persiste en operaciones de larga distancia, donde cada kilovatio hora adicional implica más peso y menos carga útil. En este contexto, los fabricantes trabajan en baterías con mayor densidad energética, capaces de ofrecer más autonomía sin penalizar tanto la masa.

Paralelamente, la estrategia del sector apunta a adaptar el uso: priorizar rutas medias, cargas optimizadas y recargas más frecuentes. El equilibrio, por tanto, no es solo tecnológico, sino también logístico, y marcará el ritmo real de adopción del camión eléctrico en el transporte pesado.

En la práctica, estos factores ya condicionan operaciones logísticas. Las empresas diseñan rutas y cargas teniendo en cuenta la autonomía real: es habitual que camiones eléctricos se empleen para productos ligeros o recorridos cortos.

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Las flotas de camiones eléctricos pueden trabajar el 95 % del tiempo reduciendo hasta la mitad los costes operativos.

Sin embargo, la experiencia piloto es positiva en otros aspectos: las flotas eléctricas alcanzan altos niveles de actividad (alrededor del 95 %) y costes operativos un 20–50 % inferiores a los diésel equivalentes.

Además, las baterías muestran vida útil de hasta un millón de kilómetros según algunos fabricantes. A medio plazo se espera que las mejoras en densidad de las baterías reduzcan el compromiso entre peso y autonomía, y que las mayores infraestructuras de carga (incluidas recargas ultrarrápidas) permitan mejorar la operatividad.

El equilibrio entre peso de la batería y capacidad de carga es el gran reto de los camiones eléctricos de largo recorrido. Mientras la tecnología evoluciona, convive con limitaciones reales: cada kilogramo extra de batería se traduce en kilos menos de mercancías transportadas. Las normativas buscan aliviar esta tensión permitiendo pesos mayores en los eléctricos, pero el balance optimo entre rango y carga útil sigue siendo una decisión crucial para las empresas de transporte.