Josu Jon Imaz, consejero delegado de Repsol, insiste en una idea que gana peso a medida que Europa aprieta su agenda climática. Descarbonizar es el objetivo, pero el camino importa tanto como el destino. Su mensaje defiende hacerlo con realismo, con tecnología disponible y con una mirada puesta en el impacto económico. La gran pregunta es si Europa puede acelerar sin encarecer tanto la transición que termine debilitando su propia industria.
Imaz advierte de que si el coste de reducir emisiones se dispara, el riesgo es perder competitividad. En ese escenario parte de la actividad puede salir del continente. El efecto puede ser doble. Menos empleo y menos inversión en Europa y, al mismo tiempo, un recorte de emisiones que no se materializa a escala global si la producción se mueve a países con estándares más laxos. La idea es simple y difícil de discutir. Cambiar de geografía no siempre cambia el CO₂ total.

Competitividad y emisiones reales
Con esa base ha sido crítico con medidas que, en la práctica, funcionan como un peaje para producir en Europa. Su argumento es que el sistema debe empujar a reducir emisiones de la forma más eficiente posible y no a desplazar la fabricación. La transición, insiste, debe medirse por resultados. No por titulares. Lo relevante no es dónde queda bien el discurso, sino dónde baja de verdad la huella de carbono.
Repsol intenta sostener ese enfoque con una hoja de ruta climática pública y con objetivos a medio y largo plazo. La compañía mantiene su compromiso de alcanzar cero emisiones netas en 2050 y fija metas intermedias hacia 2030. El foco se sitúa en recortar la huella de sus operaciones y en reducir la intensidad de carbono de su actividad.
A partir de ahí, el plan se apoya en varias palancas. La primera es crecer en renovables para sumar generación baja en emisiones y reforzar una electrificación progresiva del sistema. La segunda es impulsar combustibles bajos en carbono para los usos más difíciles de electrificar, donde el coche eléctrico no es la única respuesta y donde la transición requiere soluciones que puedan aplicarse a gran escala.
A esa ecuación se suma la infraestructura. Repsol ha potenciado su despliegue de recarga pública y su oferta energética para cubrir el ciclo completo del usuario, desde carretera hasta hogar. La compañía busca estar presente en el día a día del conductor, pero también en el tejido industrial que necesita alternativas de transición para seguir siendo competitivo sin paralizar inversiones.
Tecnología sí, pero con costes asumibles
Imaz defiende que hay que acelerar, pero sin ignorar la economía del proyecto. Sin electricidad competitiva es difícil escalar a gran volumen. El objetivo, según su planteamiento, es priorizar iniciativas con sentido industrial y evitar promesas que luego no se materialicen.
En paralelo, Repsol encuadra su estrategia en un mix donde conviven inversiones en transición y decisiones para proteger márgenes. En un entorno de precios volátiles y competencia global, el reto es avanzar sin perder capacidad de inversión.
La transición energética se ha convertido en un examen de competitividad y cada regulación tiene efectos sobre empleo, inversión y precio final. Repsol busca influir en ese debate reclamando pragmatismo y certezas regulatorias que permitan planificar. En resumen, Imaz no discute el objetivo de descarbonizar. Discute el cómo y el ritmo para que sea sostenible. Repsol defiende una transición que se pueda pagar, que se pueda ejecutar y que no vacíe de industria el continente. La clave, según su visión, es reducir emisiones sin romper la economía por el camino.
