El cuarto informe sobre el estado de la Década Digital, publicado por la Comisión Europea el pasado mes de junio, muestra que Europa ha avanzado en sus objetivos de transformación digital para 2030, pero el reto ahora consiste en obtener resultados a gran escala, con rapidez y de manera coherente.
Además, el informe coincide con la publicación, por parte de la Comisión, de un Eurobarómetro que muestra que una abrumadora mayoría de los europeos considera la política digital como una prioridad absoluta de la Unión Europea, respaldando firmemente un futuro digital más autónomo en el continente.
En este marco, la Década Digital europea no se mide solo por criterios como la inteligencia artificial, el 5G o la ciberseguridad, sino también por cómo se transforma la movilidad.
Durante más de un siglo, el automóvil fue el paradigma de la ingeniería mecánica. Un motor sobre ruedas, cuya evolución se medía por su cilindrada y potencia. Hoy, sin dejar de ser un medio de transporte, el coche se ha convertido en una batería sobre ruedas, cuya evolución se mide por su capacidad de actuar como plataforma tecnológica conectada.
El software, los datos y la conectividad son ya tan importantes como la batería o el motor eléctrico.
El vehículo del siglo XXI no solo consume energías renovables; también genera información, interactúa con infraestructuras inteligentes y se integra en un ecosistema digital en constante evolución.
La revolución del vehículo eléctrico no se encuentra bajo el capó, que generalmente alberga un fraletero (maletero delantero). Está en el software que optimiza su funcionamiento, en las redes que permiten su integración con el sistema eléctrico, en los datos que mejoran la movilidad y en el talento que hace posible esa innovación.
Si la Década Digital aspira a convertir a Europa en un referente mundial de competitividad y sostenibilidad, el vehículo eléctrico no debe entenderse como un elemento aislado, sino como uno de sus mejores ejemplos de éxito.
Pocos albergan ya dudas de que el futuro de la movilidad será eléctrico, pero su verdadera transformación no la define su sistema de propulsión, sino su capacidad para conectarse, actualizarse, aprender, interactuar con la infraestructura y gestionar la energía de forma inteligente.
En suma, el automóvil ya no es únicamente un medio de transporte; es una plataforma digital sobre ruedas.

Movilidad eléctrica y digital, eje para reindustrializar Europa
En este contexto, la ventaja competitiva de Europa no dependerá solo de su capacidad para incorporar nuevas tecnologías, sino de poder desarrollarlas localmente. El vehículo eléctrico y conectado exige una política industrial ambiciosa que refuerce toda la cadena de valor: desde las materias primas críticas y las baterías hasta los semiconductores, el software, la electrónica de potencia y las infraestructuras de recarga.
Pero esa base industrial significa también fortalecer la innovación, el talento y la colaboración entre empresas, centros tecnológicos y administraciones públicas. La movilidad eléctrica y digital es una gran oportunidad para reindustrializar Europa con tecnologías de alto valor añadido, generando empleo cualificado, liderazgo tecnológico y resiliencia económica.
Si el automóvil del siglo XX fue uno de los pilares de la industria europea, el datamóvil del siglo XXI debe convertirse en el símbolo de una nueva política industrial que transforme la excelencia tecnológica en crecimiento, competitividad y prosperidad para el conjunto de la Unión Europea.