Mientras gran parte de la atención internacional sobre Estados Unidos se centra en su escenario político, con figuras como Donald Trump acaparando titulares de distinto tipo, siendo los relacionados con el mundo del motor los que expresan su postura contraria al coche eléctrico, el país norteamericano está moviendo ficha en una de las áreas tecnológicas más estratégicas del futuro: el aprovechamiento de baterías de coches eléctricos en una segunda vida.
Las llamadas baterías de “segunda vida” hacen referencia a aquellas que, tras años de uso en vehículos eléctricos, ya no cumplen con los requisitos de rendimiento necesarios para la conducción. Normalmente, cuando su capacidad cae al entorno del 70 % – 80 %, algo que suele ocurrir tras más de una década circulando, se considera que dejan de ser óptimas para la automoción. Sin embargo, siguen siendo sistemas estables, fiables y con suficiente capacidad como para ser reutilizadas en aplicaciones estacionarias, como el almacenamiento de energía renovable.

Una segunda vida unida a la energía solar
Aquí es donde entra en juego la energía solar. Estas baterías reutilizadas pueden integrarse en sistemas de almacenamiento que permiten guardar la electricidad generada por paneles solares y liberarla cuando sea necesario, contribuyendo a estabilizar la red, uno de sus principales inconvenientes. Su uso para este fin servirá también para acoger a todas las baterías que, con el despegue del coche eléctrico, dentro de unos 10 o 15 años tendrán que reciclarse o encontrar un nuevo destino.
Hasta ahora, China ha liderado claramente este ámbito gracias a políticas públicas muy agresivas. El gigante asiático ha establecido normas que obligan a los fabricantes a responsabilizarse del final de vida de las baterías, además de exigir que al menos el 60 % de estos residuos se destinen a aplicaciones de segunda vida en lugar de ser reciclados directamente.
Por su parte, la Unión Europea ha avanzado en la creación de marcos regulatorios claros para el desmontaje, inspección y reutilización de baterías, aunque sin imponer objetivos tan ambiciosos como los chinos. Aun así, cuenta con una base sólida de empresas especializadas que están desarrollando proyectos comerciales y ampliando la capacidad de procesamiento de baterías retiradas.
Estados Unidos, en cambio, ha estado rezagado en este campo, como en el de los coches eléctricos en general, debido a una combinación de factores. La falta de una normativa federal clara, junto con requisitos de certificación costosos y ciertas reticencias de los fabricantes a compartir datos clave sobre el estado de las baterías, ha limitado el desarrollo del sector. Sin embargo, el panorama está empezando a cambiar.
El mayor despliegue de baterías de segunda vida del mundo
Empresas como Redwood Materials y Crusoe han puesto en marcha en Nevada el mayor despliegue del mundo de baterías de segunda vida hasta la fecha. Se trata de una microrred alimentada por energía solar con una capacidad inicial de 12 MW y 63 MWh, que ya ha demostrado un rendimiento sobresaliente, con una disponibilidad del 99,2%. Además, el proyecto está en plena expansión y prevé alcanzar los 20 MW y 205 MWh de almacenamiento energético.
Este tipo de iniciativas no solo mejora la sostenibilidad del ciclo de vida de los vehículos eléctricos, sino que también abre la puerta a nuevas soluciones para cubrir la creciente demanda energética. La gran incógnita ahora es si Estados Unidos será capaz de transformar estos proyectos en una industria a gran escala que compita de tú a tú con China y Europa. Para ello, será clave desarrollar un marco regulatorio más claro que el actual, además de fomentar la colaboración entre fabricantes, recicladores y empresas energéticas para avanzar en esta dirección.
