Chipre sigue siendo el único Estado miembro de la Unión Europea sin conexión eléctrica con la red continental, una anomalía que el Great Sea Interconnector pretende resolver mediante uno de los cables submarinos más ambiciosos del mundo. El proyecto, presupuestado en unos 1.900 millones de euros, conectará inicialmente Grecia y Chipre y, posteriormente, Israel, permitiendo intercambiar hasta 1.000 MW de electricidad en ambas direcciones. Sin embargo, las obras avanzan entre dificultades técnicas y una disputa sobre las aguas por las que debe atravesar el cable. Estados Unidos acaba de reafirmar su apoyo para intentar desbloquearlo.
La importancia del proyecto va mucho más allá de tender un cable entre dos países. Conectarse al sistema europeo permitiría a Chipre importar electricidad cuando la necesite y exportarla cuando disponga de excedentes, algo especialmente relevante a medida que aumenta la producción solar y eólica.

Hasta ahora, la isla tiene que equilibrar prácticamente sola generación y consumo.
Un cable de 1.208 kilómetros que llegará hasta Israel
El proyecto completo contempla una interconexión de aproximadamente 1.208 kilómetros, con una tensión de 500 kV y capacidad para transportar hasta 1.000 MW.
La primera fase, entre Creta y Chipre, comprende unos 898 kilómetros de cable submarino. Además, deberá instalarse a profundidades que pueden alcanzar los 3.000 metros, lo que convierte la infraestructura en un desafío técnico considerable.
La Unión Europea ya ha comprometido alrededor de 657 millones de euros a través del Connecting Europe Facility, a los que se suman otros mecanismos de financiación.
El objetivo posterior es prolongar la infraestructura hasta Israel, creando un nuevo corredor eléctrico en el Mediterráneo oriental.

Para Chipre, conectarse significa poder aprovechar mejor sus renovables
La interconexión puede resolver uno de los grandes problemas de las redes eléctricas aisladas. Cuando una isla produce más electricidad solar de la que puede consumir o almacenar, tiene pocas alternativas aparte de reducir la generación. Si está conectada a otros mercados, ese excedente puede exportarse.
Lo contrario sucede cuando falta producción: puede importar energía desde el exterior.
Esto resulta especialmente importante en Chipre, donde la dependencia energética exterior continúa siendo muy elevada y donde la Comisión Europea viene señalando la necesidad de mejorar tanto las conexiones como el almacenamiento.
El problema está ahora debajo del Mediterráneo
La dificultad no es solamente técnica. Los estudios necesarios para determinar la ruta exacta del cable han quedado condicionados por las diferencias entre Grecia y Turquía sobre la delimitación de determinadas zonas marítimas del Mediterráneo oriental.

Ankara sostiene que algunos trabajos requieren coordinación previa, mientras Atenas rechaza esa interpretación.
La cuestión ha adquirido suficiente peso como para que Estados Unidos intervenga diplomáticamente. El secretario de Estado, Marco Rubio, aseguró esta semana que Washington mantiene su compromiso con el proyecto y que intentará ayudar a superar los obstáculos que todavía existen.
Mucho más que un cable eléctrico
Si finalmente se completa, el Great Sea Interconnector permitirá que Chipre deje de ser la última gran excepción dentro del mercado eléctrico europeo.
También puede facilitar una mayor integración de renovables y proporcionar una vía adicional de intercambio energético entre Europa y el Mediterráneo oriental.
Pero el proyecto demuestra algo que cada vez afecta más a las grandes infraestructuras energéticas: no basta con disponer de tecnología y financiación. Para conectar dos redes eléctricas también hay que ponerse de acuerdo sobre el fondo del mar por el que debe pasar el cable.