El estrecho de Ormuz va a jugar un papel clave en la economía mundial en las próximas semanas. Tras el ataque de Donald Trump a Irán, la situación de este enclave estratégico es todavía más relevante para el coste de la gasolina y el diésel, que seguramente se vaya a disparar. Por esa franja marítima de 33 kilómetros de ancho sale alrededor de una cuarta parte del petróleo y del gas natural licuado que se consume en el mundo, así que, si se bloquea, el impacto en los precios del crudo puede ser inmediato y, cuando eso ocurra, la gasolina y el diésel no tardarán en reflejarlo en los surtidores.
En el mercado se especula con que, si el conflicto no se resuelve de forma inminente, el precio del barril podría dispararse con fuerza. De hecho, fuentes del sector apuntan a que el crudo podría encarecerse hasta 20 dólares adicionales, superando los 90 dólares por barril, algo que tendría un efecto casi automático en las estaciones de servicio, en las que se dispararía el precio del combustible.

Precios disparados
Actualmente, la gasolina del 95 se mueve en una horquilla aproximada de entre 1,39 y 1,59 euros por litro, dependiendo de la estación. Sin embargo, en un escenario de fuerte tensión como el que se prevé, podría escalar hasta el entorno de 1,7 o incluso 1,8 euros por litro. Y si la situación se agravara, por ejemplo, con un cierre efectivo del estrecho de Ormuz, los precios serían todavía mayores, como ya se pudo ver en 2022.
Estaríamos ante una situación similar a la ocurrida durante la invasión rusa de Ucrania. Entonces no hubo un problema grave de desabastecimiento, pero sí cierta escasez, por la que el combustible llegó a superar los dos euros por litro durante semanas, alcanzando picos de 2,5 euros en la gasolina de 95 y de 2,3 euros en el diésel.
Esto hace que las perspectivas no sean muy halagüeñas: rumores sobre el posible cierre del estrecho, petroleros cambiando de rumbo para evitar la zona y grandes navieras suspendiendo operaciones hasta que se rebaje la tensión parecen llevar a un escenario similar. Todo ello genera inestabilidad que se traduce en volatilidad en los mercados energéticos, lo que acaba suponiendo un mayor coste para cualquier conductor que quiera llenar el depósito de su coche.
Además, el conflicto ha comenzado un contexto que ya era poco amigable con el bolsillo, porque los precios ya venían subiendo desde principios de año. El barril de Brent ha experimentado un incremento progresivo cercano al 18 % y eso se ha ido trasladado a las estaciones de servicio: en España, la gasolina de 95 ha pasado de 1,440 euros por litro al cierre de 2025 a 1,471 euros, mientras que el diésel ha subido de 1,387 a 1,423 euros por litro.
El coche eléctrico se convierte en la alternativa barata
Aquí es donde entra en juego el coche eléctrico. Cuando el litro de gasolina se acerca a los dos euros o los supera, la diferencia de coste por kilómetro frente a un vehículo eléctrico se amplía de forma notable. Un turismo de gasolina que consuma 6,5 litros cada 100 kilómetros, con el combustible a 1,8 euros, supone un coste cercano a 11,7 euros por cada 100 kilómetros.
Para comparar, un coche eléctrico medio puede consumir en torno a 15 / 18 kWh cada 100 kilómetros. Incluso con precios eléctricos variables, el coste por cada 100 kilómetros suele ser sensiblemente inferior al del combustible fósil. Actualmente el precio oscila entre los 0,15 y los 0,79 euros el kWh, en función de si es recarga doméstica o rápida, potencia, etc. Tomando estas dos referencias el coste de recorrer esos 100 kilómetros podría oscilar entre los 2,25 / 2,7 y los 11,85 / 14,22 euros.

