Varias ciudades de Dinamarca y Reino Unido han comenzado a teñir sus calles de rojo. No se trata de una campaña estética ni de una iniciativa artística, sino de una estrategia medioambiental que está transformando el alumbrado público: sustituir la luz blanca o azulada de las farolas LED por iluminación roja.
La decisión responde a un problema creciente en Europa: la contaminación lumínica. Aunque la tecnología LED ha reducido el consumo energético, muchas luminarias emiten una elevada proporción de luz azul, la más perjudicial para los ecosistemas nocturnos. Este tipo de luz se dispersa con facilidad en la atmósfera y altera los ritmos biológicos de animales, insectos e incluso plantas.
Impacto en la biodiversidad y en la salud

Los estudios científicos señalan que la luz azul afecta especialmente a especies nocturnas, modificando patrones de alimentación, reproducción y orientación. En respuesta, varios municipios daneses han instalado farolas de luz roja en zonas residenciales y corredores verdes para minimizar ese impacto.
Pero el cambio no solo beneficia a la fauna. La exposición a luz blanca intensa durante la noche inhibe la producción de melatonina, la hormona que regula el sueño. Esto puede provocar trastornos del descanso, fatiga y problemas de salud a largo plazo.
La luz roja, al tener una longitud de onda mayor, interfiere mucho menos en los ciclos circadianos humanos. En barrios donde ya se ha implantado, las autoridades destacan mejoras en la calidad del sueño de los residentes y una reducción del deslumbramiento nocturno.
¿Puede llegar a España?

El debate empieza a abrirse en España, uno de los países europeos con mayor biodiversidad y también con niveles significativos de contaminación lumínica en determinadas zonas urbanas y costeras.
Expertos en urbanismo y medio ambiente apuntan que el modelo nórdico podría replicarse en áreas sensibles, como entornos naturales protegidos o barrios residenciales próximos a espacios verdes.
No obstante, la transición no está exenta de desafíos. Bajo luz roja, la agudeza visual disminuye y la percepción de colores cambia, lo que puede generar una sensación subjetiva de menor seguridad. En Dinamarca, la implantación ha ido acompañada de campañas informativas para explicar que menos luz blanca no implica necesariamente más riesgo.
Tecnología adaptable y equilibrio urbano
Una posible solución para países como España sería combinar iluminación roja con sistemas inteligentes capaces de ajustar intensidad o tonalidad según la hora o la presencia de peatones y vehículos.
La tendencia refleja un cambio de paradigma: entender que la noche no debe iluminarse como si fuera de día. Lo que comenzó como un experimento en ciudades del norte de Europa podría convertirse en una nueva norma urbana en los próximos años.
La transición al rojo no es solo una cuestión técnica; simboliza un intento de reconciliar las ciudades con su entorno natural. Y España, inmersa en su estrategia de sostenibilidad y transición ecológica, podría ser uno de los próximos escenarios de esta revolución silenciosa.