Frente a la actual crisis energética global y la escalada de precios del petróleo que ha disparado el coste de la gasolina y el diésel, la Unión Europea (UE) ha comenzado a animar a los estados miembros a adoptar medidas para reducir el consumo de combustibles fósiles, especialmente en el sector del transporte.
Aunque el mercado europeo todavía no se enfrenta una escasez inmediata de suministro, las tensiones derivadas de la guerra en Oriente Medio y el cierre parcial de rutas clave como el estrecho de Ormuz han aumentado la presión sobre los mercados internacionales de energía, con el barril de crudo superando recientemente los 119 dólares, algo que lleva semanas notándose cuando toca pasar por la gasolinera, incluso a pesar de la rebaja fiscal del IVA.

Recomendaciones para los países miembros
Ante este panorama, Bruselas ha enviado una carta a los ministros de Energía de los Veintisiete en la que, aunque ha querido destacar que la seguridad de suministro está garantizada por ahora, ha animado a que consideren llevar a cabo acciones que contribuyan a reducir la demanda de petróleo y productos derivados como el queroseno y el diésel.
El comisario europeo de Energía y Vivienda, Dan Jørgensen, ha subrayado que reducir el consumo de combustible es una herramienta clave para mitigar el impacto de la volatilidad de los precios y evitar que la crisis se agrave aún más. Sin embargo, ya se sabe como funciona el mercado: la escalada de precios es rápida, aunque en los surtidores el combustible que haya fuera de antes incluso de que comenzara el conflicto, mientras que la bajada será lenta, si es que llega a producirse.
A pesar de ello, las medidas que se piden desde Europa repercuten directamente en los ciudadanos, no en los agentes intermedios, las empresas o los gobiernos.
Menos velocidad y desplazamientos
Entre las medidas que se han planteado se encuentran propuestas como reducir los límites de velocidad en autopistas y carreteras, fomentar el teletrabajo, incentivar el uso del transporte público y limitar los desplazamientos en coche o en avión cuando sea posible. Estas recomendaciones proceden tanto de la propia Comisión como de un decálogo de ahorro energético formulado por la Agencia Internacional de la Energía (AIE), al que la UE ha hecho referencia como inspiración para este tipo de medidas.
Por ejemplo, se ha sugerido que reducir los límites de velocidad en autopistas en al menos 10 km/h podría ayudar a disminuir el consumo de combustible, ya que el consumo de los automóviles aumenta notablemente a mayores velocidades. De igual manera, fomentar el teletrabajo y promover medios de transporte alternativos al coche particular, como trenes o autobuses, se considera una forma de recortar el uso diario de gasolina y diésel en desplazamientos laborales y cotidianos.
Sin embargo, pese a la variedad de propuestas sobre la mesa y al tono urgente con que se ha planteado la discusión en círculos políticos y mediáticos, en ninguno de los documentos oficiales de la Comisión Europea ni en las cartas internas a los Estados miembros se menciona explícitamente la promoción del vehículo eléctrico como una de las acciones prioritarias para reducir la dependencia del petróleo.
Esto ha generado críticas por parte de expertos en movilidad y grupos ecologistas, que señalan que cualquier estrategia integral de ahorro energético debería incluir el impulso a los coches eléctricos y otras tecnologías de movilidad limpia como parte de una transición estructural más profunda.
Además, resulta llamativo que Bruselas ha advertido a los Estados miembros que eviten tomar medidas que puedan incentivar el consumo de combustibles, como la reducción generalizada de impuestos sobre la gasolina o el diésel, porque podría contrarrestar los efectos de las medidas de ahorro. Es decir, desde la UE se aboga porque no se haga nada que contenga la subida de los precios que afecta a diario a todos los conductores.

