Noruega representa probablemente la mayor paradoja energética de Europa. En julio, el 97,6% de los turismos nuevos matriculados en el país fueron eléctricos, una transformación que ningún otro gran mercado ha conseguido llevar tan lejos. Al mismo tiempo, su Gobierno acaba de confirmar que seguirá buscando petróleo y gas en el Ártico. y pretende mantener aproximadamente sus actuales niveles de producción al menos hasta 2035.
El ministro noruego de Energía, Terje Aasland, ha defendido que el país continuará desarrollando recursos en el mar de Barents, incluso aunque la Unión Europea mantenga su apoyo a una moratoria sobre nuevas perforaciones en el Ártico.
La posición de Oslo es clara: considera que explotar esos yacimientos es una decisión soberana y que, en el actual contexto geopolítico, continuar suministrando petróleo y gas también beneficia a la seguridad energética europea.

Noruega necesita encontrar nuevos yacimientos para mantener la producción
El problema está en lo que ocurrirá durante la próxima década. Las previsiones oficiales apuntan a una fuerte caída de la producción noruega después de 2030 si no aparecen nuevos recursos capaces de sustituir progresivamente a los campos actuales.
Por ello, el Gobierno quiere mantener las exploraciones y considera especialmente importante el potencial del mar de Barents. Grandes compañías también están reforzando su actividad: Equinor, Aker BP y Vår Energi han anunciado una cooperación para estudiar entre 20 y 25 grandes oportunidades de exploración durante los próximos cuatro o cinco años, con la intención de perforar unos cinco pozos de alto potencial anuales desde 2028.
Noruega se ha convertido además en una pieza todavía más importante para Europa desde la invasión rusa de Ucrania. Actualmente suministra alrededor del 30% de la demanda de gas de la Unión Europea y Reino Unido, lo que ha reforzado el argumento de Oslo de que sus hidrocarburos continúan siendo estratégicos.

Mientras tanto, comprar un coche de gasolina es casi excepcional
La contradicción aparece al observar qué ocurre dentro del propio país. Durante los siete primeros meses de 2026, los eléctricos representaron el 97,6% de todos los turismos nuevos matriculados en Noruega. El país ya ha superado además el millón de coches eléctricos en circulación y estos constituyen el mayor grupo de motorización de su parque, por delante de los diésel y gasolina.
Es decir, Noruega está reduciendo rápidamente su propio consumo de combustibles en el transporte por carretera mientras mantiene una potente industria destinada fundamentalmente a vender esos mismos combustibles al exterior.
Ese contraste muestra que electrificar la movilidad nacional y abandonar la producción fósil son dos procesos muy diferentes.

Europa quiere menos petróleo, pero todavía necesita el noruego
La UE apoya actualmente frenar nuevas perforaciones en el Ártico por sus riesgos medioambientales. Greenpeace advierte además de que los nuevos proyectos podrían convertirse en activos varados si empiezan a producir cuando la demanda europea de combustibles fósiles esté cayendo con fuerza.
Aasland mantiene la posición contraria: si Europa no quiere comprar esos recursos, Noruega podrá vender el petróleo en los mercados internacionales y exportar gas del Barents en forma de GNL.
La situación resume una de las grandes contradicciones de la transición energética. El país que prácticamente ha eliminado el motor de combustión de sus concesionarios todavía no está dispuesto a eliminar el petróleo de su economía.
Noruega demuestra así que una nación puede electrificar casi por completo los coches que compra y, al mismo tiempo, seguir perforando durante décadas para abastecer a quienes todavía necesitan combustible.