¿Combustibles 100% renovables?

La dependencia del exterior, la subida de precios y el impacto en el sistema alimenticio ponen a los biocombustibles o combustibles 100% renovables en el punto de mira.

Los biocombustibles no son la solución ideal para la descarbonización del transporte por carretera.
Los biocombustibles no son la solución ideal para la descarbonización del transporte por carretera.
25/08/2026 14:00
Actualizado a 25/08/2026 14:13
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Durante estas vacaciones, días de sol, mar y reencuentros con amigos y familiares, algunos hemos llenado el depósito con combustibles 100% renovables. Lo hacemos con buena fe, convencidos de que esa simple decisión ayuda al planeta y a nuestra salud. Sin embargo,puede que no sea la mejor idea.

Con la actualidad achicharrada, entre ola de calor y ola de calor, e incendios que cada verano devoran más territorios, es normal querer hacer lo posible para frenar la crisis climática. No cabe duda de que hay que reducir rápido las emisiones de gases de efecto invernadero, y el transporte es un sector clave donde actuar: es el único donde, en lugar de bajar, las emisiones, siguen subiendo.

Y ahí surgen las dudas: ¿merece la pena dar el salto al coche eléctrico o basta con cambiar a un combustible más limpio? El problema es que no todas las soluciones valen lo mismo. Como demostramos desde ECODES en nuestro último cazamitos, los biocombustibles deben tener un papel muy limitado en la transición energética.  Ese papel no está en los coches. La alternativa más eficiente para  nuestro bolsillo, el medio ambiente y, por lo tanto, nuestra salud, sigue siendo la movilidad activa, como el transporte público, andar o la bicicleta. Y, si no, apostar por el coche eléctrico.

El choque de la guerra de Irán ha permitido comprobar que, lejos de ser una solución cuando suben la gasolina y el diésel, los biocombustibles siguen exactamente el mismo patrón. Ni siquiera los que se venden como 100% renovables se libraron: subieron casi tanto como el diésel fósil.

Y no es casualidad: España no tiene ni de lejos los recursos necesarios para producir el biocombustible que haría falta si lo usáramos a gran escala en coches. Ya importamos el 85% de las materias primas que empleamos. El caso del HEFA, el biocombustible usado en aviación, es revelador: se trae desde Indonesia, Malasia y China, y solo transportarlo emite 24.000 toneladas de CO2 al año, el equivalente a 76.000 vuelos de ida y vuelta entre Zaragoza y Bruselas.

No hemos eliminado la dependencia energética del exterior: solo la hemos cambiado por otra, la de residuos y cultivos importados, con los mismos shocks de suministro y de precios que ya sufríamos con los combustibles fósiles.

Uno de esos cultivos es la soja, cuyo precio también se disparó con el shock energético. Y no es un cultivo cualquiera: es uno de los principales motores de deforestación del planeta, con las emisiones que eso conlleva. Cada hectárea cultivada para llenar el depósito es una hectárea menos para producir alimentos, justo cuando la seguridad alimentaria global es cada vez más frágil.

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España necesita importar las materias primas de los biocombustibles.

En 2024, un 35% de las materias primas usadas en biocombustibles procedían de cultivos como la soja, la palma, la colza o el girasol; el bioetanol, de hecho, se produce al 100% con maíz y caña de azúcar. Son tierra y agua que dejan de alimentar a las personas, impulsando los precios al alza justo en las regiones más vulnerables. Pese a esto, recientemente, el Parlamento Europeo tuvo la oportunidad de prohibir el uso de soja en biocombustibles y no lo hizo.

Tampoco resiste el análisis la cifra del 90% de reducción de emisiones que tanto se repite: depende del tipo de materia prima, su origen y todo el ciclo de vida del producto. El bioetanol, por ejemplo, solo llega a un 67%; únicamente el HEFA se acerca a ese 90%. Y esas cuentas rara vez incluyen todo lo que debería contar: el cambio de uso del suelo, la energía del propio proceso de fabricación o el fraude de vender aceite virgen como usado.

Y si prestamos atención a la salud, nos espera otra decepción. Al quemarse, los biocombustibles emiten contaminantes que pueden provocar infecciones pulmonares e insuficiencias respiratorias, prácticamente en la misma medida que la gasolina o el diésel que quieren sustituir.

Los biocombustibles no son la solución fácil que nos han vendido: no nos protegen de las subidas de precio, no reducen tanto las emisiones como prometen y tienen impactos reales en la salud y en la seguridad alimentaria. Puede que tengan sentido en sectores donde electrificar es más difícil, como la aviación, aunque existen otras alternativas más sostenibles, como los combustibles sintéticos. Pero en los coches, seguir usándolos es cambiar una dependencia por otra. Este verano, la decisión que de verdad ayuda al planeta, al bolsillo y a la salud no está en el surtidor: está en el coche eléctrico.