China se ha convertido en la gran potencia mundial del coche eléctrico, algo que tiene sus consecuencias positivas, pero también algunas negativas. Durante los últimos años, el país ha liderado la fabricación, comercialización y adopción de vehículos eléctricos, pero el éxito de esta revolución tecnológica ha generado un nuevo desafío que amenaza con convertirse en uno de los principales problemas medioambientales de la próxima década: la gestión de las baterías que llegan al final de su vida útil.
Según el Ministerio de Industria y Tecnología de la Información de China, el volumen anual de baterías desechadas procedentes de vehículos de nueva energía superará el millón de toneladas antes de 2030. Esta cifra refleja la magnitud de una cuestión que hasta hace no mucho apenas tenía hueco en el debate que había alrededor de movilidad eléctrica.

Un problema que no va a dejar de crecer
La electrificación del transporte ha permitido reducir la dependencia de los combustibles fósiles y ha convertido a China en un referente mundial de la movilidad sostenible, pero las baterías de los vehículos eléctricos tienen una vida útil limitada y, con millones de automóviles de cero emisiones circulando por las carreteras del país, cada vez son más las que deben ser sustituidas, recicladas o eliminadas de forma segura, algo que es bastante complejo.
Cada batería retirada de circulación debe ser identificada, transportada, almacenada y procesada bajo estrictos estándares de seguridad. A medida que aumenta el volumen de baterías usadas, también crecen los riesgos asociados a una gestión inadecuada de materiales potencialmente contaminantes y, además, las autoridades temen que la elevada demanda de materias primas recuperables favorezca la aparición de mercados paralelos y actividades ilegales.
Precisamente por este motivo, el Gobierno chino ha decidido endurecer los controles sobre toda la cadena de reciclaje. Durante una reunión nacional dedicada a la gestión de baterías procedentes de vehículos eléctricos, las autoridades ordenaron reforzar las inspecciones para combatir prácticas como la venta ilegal de baterías usadas, el desmantelamiento clandestino, las operaciones comerciales sin licencia y la fabricación de productos de baja calidad a partir de materiales reciclados.
Seguimiento digital
Para responder a esta situación, China está apostando por la digitalización y la trazabilidad. Una de las principales medidas anunciadas por el Gobierno consiste en implantar sistemas de seguimiento digital que permitan controlar cada batería durante todo su ciclo de vida. El objetivo es que cada unidad pueda ser rastreada desde el momento en que es retirada del vehículo hasta su reutilización, reciclaje o eliminación definitiva. Gracias a este sistema, las autoridades podrán conocer dónde se encuentra cada batería, quién la ha recibido, cómo ha sido transportada, qué tratamiento ha recibido y cuál ha sido su destino final.
También es clave que las nuevas políticas trasladan parte de la responsabilidad a las empresas. La normativa hará que fabricantes, distribuidores, operadores logísticos y compañías de reciclaje deban asumir un papel más activo en la gestión de las baterías usadas. El Gobierno considera que la correcta eliminación y reciclaje de estos componentes no puede depender exclusivamente de la administración pública, sino que debe involucrar a todos los actores de la cadena de valor.
Con todo esto se busca sentar las bases para que el sistema esté preparado para digerir en 2030 la enorme cantidad de toneladas de baterías desechadas que va a producir el sector. Después de años centrados en fabricar y vender millones de coches eléctricos, China entra ahora en una nueva etapa en el que el desafío ya no es aumentar la producción, como hasta ahora, sino desarrollar la infraestructura, los sistemas de control y la legislación necesarios para recuperar, rastrear y reciclar millones de baterías de forma segura, una tarea para nada sencilla.

