El tungsteno, más conocido en España como wolframio, se ha convertido en uno de los minerales más importantes del momento. Su precio ha llegado a revalorizarse un 520 %, en un contexto marcado por la guerra en Oriente Medio, el choque comercial entre grandes potencias y una cadena de suministro cada vez más tensionada.
En enero, Reuters ya informaba de que el metal marcaba máximos históricos y de que el mercado cotizaba en niveles no vistos en al menos 90 años.

¿Para qué sirve el wolframio?
La razón de fondo está en sus propiedades. Es un metal extremadamente duro, muy denso y con una resistencia térmica excepcional, hasta el punto de que se utiliza allí donde otros materiales fallan: en munición perforante, proyectiles de alta resistencia, piezas de aviación militar, herramientas de corte, componentes de electrónica avanzada y aplicaciones industriales ligadas a la construcción, la minería o el petróleo y el gas.
En el mercado civil también aparece en semiconductores, placas electrónicas y paneles solares. Si bien en la movilidad eléctrica no es un material central, sí aparece en aplicaciones concretas donde se necesita mucha densidad, resistencia térmica o estabilidad eléctrica. En contactos eléctricos y relés de un coche eléctrico hay conmutaciones de alta corriente, y el wolframio aguanta mejor el desgaste por chispa. Por su altísima densidad, se usa en pequeños contrapesos o piezas donde necesitas masa en poco volumen. En electrodos de soldadura para la f fabricación de baterías y electrónica de potencia, se usan electrodos de wolframio para ensamblar piezas con precisión. Por último, en electrónica de potencia para algunos dispositivos de alta fiabilidad que pueden usarlo en contactos o disipación térmica.
En un coche eléctrico el wolframio no es crítico ni escaso como el litio, cobalto o níquel. Su papel es secundario y más industrial que energético.

El wolframio de Salamanca
El problema es que la oferta mundial está extraordinariamente concentrada. China controla en torno al 79 % de la producción global, según el texto original, y Reuters sitúa esa cuota cerca del 80 %. Pekín ha endurecido las exportaciones desde febrero de 2025 limitando a 15 compañías la posibilidad de vender tungsteno al exterior.
El resultado ha sido una caída de casi el 40 % en los envíos y una tensión adicional sobre un mercado que ya venía ajustado por cuotas mineras más bajas y por el mayor consumo interno chino.
Ese desequilibrio explica por qué la Unión Europea ha colocado el tungsteno en su lista de materias primas críticas. Bruselas considera estos materiales esenciales para la industria, la transición energética y la tecnología avanzada, y los incluye en una política diseñada para reducir la dependencia de unos pocos proveedores externos, sobre todo de China. La Comisión Europea recuerda además que estas materias primas son clave para sectores como los vehículos eléctricos, los aerogeneradores, los paneles solares y la electrónica de consumo.
En ese contexto, España vuelve a aparecer en el mapa. El país es uno de los pocos productores de tungsteno de la UE. El Ministerio para la Transición Ecológica señaló en marzo que España dispone de depósitos relevantes de fluorita, feldespato y tungsteno. El Gobierno aprobó además una inversión de 414 millones de euros para reforzar el suministro de materias primas y sostener industrias ligadas a la transición verde y digital, con 34 medidas que incluyen el reciclaje y la reapertura de instalaciones mineras abandonadas.
El foco principal está en Barruecopardo, en Salamanca. La explotación tiene casi un siglo de historia minera y fue durante buena parte de su vida operativa la mayor mina de wolframio de España. La actividad histórica cesó a comienzos de los años ochenta, pero el proyecto volvió a ponerse en marcha en 2019, después de años de estudios, diseño, permisos y financiación. Saloro lo presenta hoy como su activo principal y subraya que la operación figura entre las diez mayores instalaciones de tungsteno del mundo por capacidad instalada.
El emplazamiento no está solo. El texto original apunta también a otros proyectos con potencial en Extremadura, Galicia y Castilla-La Mancha, una geografía que refuerza la idea de que España puede jugar un papel más visible en el suministro europeo si consigue convertir recurso geológico en producción estable.
El problema, como siempre en minería, no es solo la disponibilidad del mineral: pesan el impacto ambiental, la tramitación administrativa y la velocidad con la que se puedan levantar nuevas cadenas de valor. Aun así, la ventana estratégica existe. Con la guerra empujando los precios, la presión de Bruselas por reducir dependencias y China usando su dominio como palanca, España vuelve a estar en una posición que no tenía hace años: la de posible proveedor relevante para una Europa que busca dejar de mirar casi en exclusiva a Pekín.