La energía termosolar o energía solar de concentración, es una tecnología renovable que utiliza espejos o lentes para concentrar la radiación del Sol en un punto y generar calor a alta temperatura. Ese calor se emplea para producir vapor que mueve una turbina conectada a un generador eléctrico, un proceso similar al de una central térmica convencional, pero utilizando la radiación solar como fuente de energía. Miles de espejos móviles (heliostatos) siguen la trayectoria del Sol y reflejan la luz hacia un receptor situado en lo alto de una torre o sobre tubos colectores, donde un fluido se calienta para iniciar el ciclo de producción eléctrica.
La característica más relevantes es su capacidad para almacenar calor mediante sales fundidas que alcanzan temperaturas superiores a 500 °C. Ese almacenamiento térmico permite seguir produciendo electricidad incluso cuando no hay radiación solar directa, por ejemplo durante la noche o en periodos nublados. Esta ventaja la diferencia de otras tecnologías solares, ya que puede aportar estabilidad al sistema eléctrico.

Un icono tecnológico en quiebra
Inaugurada en 2014 en el desierto de Mojave como apuesta por la energía solar de concentración, la planta conocida como Ivanpah nació con cifras de impacto: 392 MW de potencia instalada, 173.500 heliostatos repartidos en unos 13 km² y tres torres receptoras de 140 metros que requerían una inversión aproximada de 2.180 millones de dólares, financiada en parte por un préstamo federal de 1.600 millones del Departamento de Energía de Estados Unidos.
El proyecto, impulsado inicialmente por un consorcio encabezado por NRG Energy, BrightSource Energy y apoyado por Google, prometía demostrar que la concentración solar con receptor central podía ofrecer energía estable más allá del ocaso. Sin embargo, la realidad técnica y económica mostró grietas desde sus primeros años de operación.
La esperada capacidad de almacenamiento térmico quedó limitada por decisiones de diseño, y la operación llegó a depender puntualmente de combustibles fósiles para alcanzar las temperaturas óptimas en el receptor, con el consiguiente empeoramiento del balance real de emisiones. Los costes de mantenimiento de los miles de espejos móviles, los fallos de alineación y las pérdidas térmicas frecuentes redujeron el rendimiento y elevaron de forma sostenida los gastos operativos, dejando a la planta en desventaja frente a alternativas más simples y baratas.
A esos problemas técnicos se sumó un factor reputacional y ambiental que dañó la credibilidad del proyecto: el impacto sobre la avifauna. Diversos estudios y organizaciones conservacionistas atribuyeron a la operación de la planta la muerte de decenas de miles de aves, con estimaciones que llegaron a señalar hasta 28.000 ejemplares fallecidos al año por el paso por los “puntos calientes” que generan las convergencias de luz dirigida hacia los receptores. Ese coste ambiental aumentó la presión pública y mediática sobre los propietarios y los reguladores.
La competencia tecnológica aceleró la caída: la rápida reducción de costes del silicio fotovoltaico y la mejora del almacenamiento por baterías reconfiguraron por completo la ecuación económica de la generación renovable. En ese nuevo marco, distribuidores y compradores de energía comenzaron a preferir contratos basados en fotovoltaica y baterías, soluciones que ofrecían menor coste total de propiedad y operaciones más sencillas.
En 2025, la decisión de Pacific Gas & Electric (PG&E) de rescindir contratos de compra de energía fue un golpe crítico que, según fuentes del sector, precipitó la declaración de quiebra y el inicio del desmantelamiento.

Además de la rescisión contractual, las cifras financieras no cuadraban frente a las alternativas: los elevados costes operativos y la severa competencia por precio colocaron a la instalación en una situación insostenible. El cierre no implica, eso sí, el abandono del emplazamiento; los operadores ya contemplan reconvertir buena parte de la superficie para instalar campos fotovoltaicos y sistemas de almacenamiento con baterías, aprovechando la infraestructura de conexión a la red ya existente.
Esa transformación responde a una lógica práctica: menos complejidad operativa, menores costes de mantenimiento y una curva de aprendizaje tecnológica que favorece la fotovoltaica a gran escala.
Ivanpah será recordada como un icono de la era de experimentación renovable: espectacular en su planteamiento y coste, pero incapaz de sostenerse frente a una realidad de mercado que premia simplicidad, flexibilidad y bajo coste. La reconversión a fotovoltaica y baterías que ahora se propone tiene, en este contexto, el carácter de cierre práctico: transformar un legado costoso en una infraestructura alineada con las reglas comerciales y técnicas que dominan el sector hoy.