James May, conocido principalmente por su papel de copresentador en el programa Top Gear junto a Jeremy Clarkson y Richard Hammond, no encaja en el cliché del presentador de motor que mira con recelo al coche eléctrico. De hecho, ha defendido públicamente que los eléctricos tienen mucho sentido por su silencio, su facilidad de uso y su bajo mantenimiento.
En noviembre de 2024, justo cuando las primeras unidades con volante a la derecha empezaban a llegar a Reino Unido, confirmó además que entonces tenía un Tesla Model 3 Highland, después de haber pasado por un Model S, varios BMW i3 y dos Toyota Mirai. Y fue todavía más claro al admitir que, aunque tiene otros coches, su coche habitual es un Tesla.

May se sincera y revela las 12 cosas que no le gustan de su Tesla Model 3
El presentador ha subido un vídeo a su canal donde repasa las 12 cosas que no le gustan de su Tesla Model 3, según recoge Supercar Blondie. Lo primero que le molesta es el aviso de salida involuntaria de carril. No tanto por su existencia, sino porque, según explica, obliga a desconectarlo manualmente cada vez. En un coche tan digitalizado como el Model 3, ese tipo de fricción cotidiana pesa más de lo que parece cuando se repite a diario.
Su segunda crítica va dirigida a los controles de los faros. May sostiene que obligan a mantener el dedo sobre el botón durante más tiempo del razonable, un detalle menor sobre el papel, pero muy revelador de su tesis general, que varias funciones básicas del coche no están resueltas de la forma más intuitiva.
El tercer reproche sí toca uno de los debates más conocidos del Tesla Model 3 actual, la desaparición de la palanca tradicional de intermitentes en favor de botones integrados en el volante. May lo señala de forma expresa, alineándose así con una crítica que muchos conductores han repetido desde la llegada del rediseño Highland.
Excesiva dependencia de la pantalla central
A partir de ahí concentra cuatro de sus 12 quejas en una misma idea, la excesiva dependencia de la pantalla central. En su lista aparecen como problemas diferenciados el ajuste de los retrovisores, el ajuste del volante, la apertura de la guantera y la regulación de los limpiaparabrisas, todo ello canalizado a través del menú táctil. En otras palabras, May no discute la propulsión eléctrica del coche, sino la lógica con la que Tesla ha llevado al extremo la digitalización del habitáculo.
Su lista de reproches continúa con los faros adaptativos, con el ruido que hace el maletero automático al abrir o cerrar y con algo mucho más estructural, el tiempo de carga. Este último punto no lo plantea como un defecto exclusivo de Tesla, sino como una limitación inherente a la experiencia actual de muchos eléctricos cuando toca viajar o depender de la red pública.

Las dos últimas críticas son muy de James May. Por un lado, considera que la paleta de colores de Tesla es limitada y poco estimulante. Por otro, remata con una observación todavía más personal, que esos colores además son difíciles de mantener limpios. En alguien particularmente meticuloso con el estado de sus coches, ese detalle encaja bastante con su personaje público.
May no está renegando del coche eléctrico ni diciendo que el Tesla Model 3 sea un mal coche. Lo que hace es algo bastante más útil, separar las virtudes objetivas del sistema eléctrico de una serie de decisiones de interfaz, ergonomía y uso cotidiano que, en su opinión, empeoran la experiencia. Y esa crítica gana peso porque llega de alguien que no habla desde fuera, sino desde más de dos años de convivencia real con el coche.
De hecho, el dato de fondo no cambia. James May sigue usando su Tesla como coche de diario y no ha trascendido una cifra exacta y verificable del kilometraje que le ha hecho hasta ahora. Eso obliga a ser prudentes con cualquier cálculo, pero no impide una conclusión bastante clara. Si hasta uno de los presentadores británicos más favorables al coche eléctrico encuentra 12 motivos concretos para quejarse de su Model 3, el mensaje para Tesla no va contra la electrificación, sino contra una forma de diseñar coches en la que la pantalla empieza a invadir demasiado terreno.