La transición hacia el coche eléctrico no depende solo de la regulación o de la conciencia ambiental. El factor decisivo está en el coste de las baterías. Y ese coste está cayendo a una velocidad histórica impulsada, entre otros factores, por el abaratamiento del litio.
En los últimos 35 años, el precio de las baterías de ion-litio se ha desplomado un 99 %, pasando de 9.210 dólares por kWh en 1991 a unos 111 dólares en 2023, con registros recientes incluso por debajo de los 100 dólares/kWh. Este descenso ha sido determinante: hoy, la batería de un coche eléctrico medio, con unos 350-400 kilómetros de autonomía, ronda los 5.000 dólares, frente a más de 20.000 hace apenas una década.

El litio deja de ser un cuello de botella
El litio, conocido como el “oro blanco”, ha sido uno de los componentes más críticos en el coste de las baterías. Sin embargo, su precio ha experimentado fuertes caídas recientes debido a un aumento de la oferta global y a una moderación en la demanda.
En algunos momentos recientes, el precio del litio ha llegado a ser hasta seis veces inferior al del año anterior, mientras que en otros periodos ha acumulado descensos superiores al 30 % desde máximos. Este ajuste ha tenido un impacto directo en el coste final de las baterías, ya que las materias primas representan una parte relevante del precio.
El resultado es claro: fabricar baterías es hoy más barato no solo por innovación tecnológica, sino también por el coste decreciente de sus materiales clave.
Más allá del litio, hay un factor estructural que explica la caída de precios: la escala industrial. La producción global de baterías ha pasado de apenas 130 kWh en 1991 a más de 3.500 GWh en 2023. Este crecimiento ha activado un fenómeno bien conocido en economía industrial: la curva de aprendizaje.
Cada vez que la producción acumulada de baterías se duplica, su precio cae aproximadamente un 19 %. Esta relación, conocida como Ley de Wright, se ha mantenido estable durante más de tres décadas, incluso en contextos de tensiones en la cadena de suministro o pandemia. Esto significa que el abaratamiento no es puntual, sino estructural y predecible.

El umbral de la paridad
Durante años, la industria ha señalado un punto clave: los 100 dólares por kWh. Ese nivel se considera el umbral a partir del cual los coches eléctricos pueden competir en precio con los de combustión sin necesidad de subvenciones.
Ese umbral ya se ha superado. A finales de 2025, las estimaciones sitúan el coste en torno a 84 dólares/kWh. Este dato marca un cambio de fase en el mercado: el coche eléctrico deja de ser una opción premium para convertirse en una alternativa económicamente viable.
La batería representa entre el 30 % y el 40 % del coste total de un coche eléctrico. Por tanto, cualquier reducción en su precio tiene un efecto inmediato en el precio final. En términos prácticos, lo que antes era una tecnología inaccesible, con baterías que podían costar cerca de 600.000 dólares en los años 90, hoy se traduce en vehículos cada vez más competitivos
Además, la tendencia continúa. Algunos análisis apuntan a que el coste podría caer hasta los 70 dólares/kWh antes de 2030 lo que consolidaría definitivamente la paridad con los vehículos de combustión.
El abaratamiento de las baterías no solo afecta al automóvil. También es clave para el almacenamiento energético y la integración de renovables. Europa, por ejemplo, necesitará entre 200 y 600 GWh de almacenamiento para 2030, y estos costes decrecientes hacen viable esa expansión
En este contexto, la caída del precio del litio y de las baterías no es una anécdota industrial. Es uno de los pilares que sostienen la transición energética global.