Oliver Blume, CEO de Volkswagen, preocupado por lo que hacen Europa y China: “Hay más de 100 nuevos competidores y generan presión sobre los precios”

El CEO del Grupo Volkswagen, Oliver Blume, reclama una regulación “pragmática” en Europa mientras la industria del automóvil afronta cambios acelerados en electrificación, competencia global y hábitos de consumo.

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Blume pide a la Comisión Europea ayuda en la transición a la movilidad eléctrica que Bruselas exige.
07/05/2026 12:00
Actualizado a 07/05/2026 12:00

La industria automovilística vive uno de los momentos más complejos de su historia reciente. Así lo ha asegurado Oliver Blume, CEO del Grupo Volkswagen, quien ha pedido una “solución pragmática” respecto a la normativa de emisiones de CO2 en Europa.

Durante su intervención en un encuentro del sector en Barcelona, el directivo subrayó que el entorno global ha cambiado radicalmente en apenas tres años. Factores como la inestabilidad geopolítica, las tensiones en las cadenas de suministro y la evolución desigual de la electrificación están obligando a los fabricantes a replantear sus estrategias.

Presión regulatoria y competencia global

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Oliver Blume, CEO del Grupo Volkswagen.

Blume destacó que Europa se enfrenta a una presión creciente por la llegada de nuevos competidores internacionales, especialmente procedentes de Asia. Según explicó, el mercado europeo ha pasado de un escenario de alta demanda y precios elevados tras la pandemia a otro marcado por la competencia intensa y la reducción de márgenes.

En paralelo, el directivo señaló que en China la innovación avanza a gran velocidad, con más de un centenar de nuevos actores en el mercado: “Hay más de 100 nuevos competidores en el mercado, lo que genera una gran presión sobre los precios""Hay más de 100 nuevos competidores en el mercado, lo que genera una gran presión sobre los precios”. Mientras, en Estados Unidos, se observa una tendencia más proteccionista y un menor impulso a los vehículos eléctricos en comparación con años anteriores.

Este contexto, según Blume, hace imprescindible una regulación que tenga en cuenta la realidad industrial: “Debemos ser muy flexibles en nuestras inversiones”, afirmó.

Electrificación sí, pero con transición realista

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Blume recordó que a los motores de combustión les queda mucha vida por delante todavía.

A pesar de su petición de flexibilidad, Blume reiteró que la electromovilidad sigue siendo el camino a largo plazo. Sin embargo, advirtió de que durante los próximos 10 o 15 años seguirá existiendo una demanda significativa de motores de combustión, especialmente en combinación con tecnologías híbridas.

Esta convivencia de tecnologías obliga a los fabricantes a diversificar sus desarrollos y mantener varias líneas de producto activas al mismo tiempo, lo que incrementa los costes y la complejidad industrial.

Objetivo: recuperar la rentabilidad

En este escenario, el grupo alemán se ha marcado como meta alcanzar un margen operativo de entre el 8% y el 10% en 2030. Para lograrlo, Blume ha insistido en la necesidad de mejorar la eficiencia, reducir costes y reforzar las alianzas estratégicas.

“El modelo de negocio que funcionó durante décadas ya no sirve”, aseguró, subrayando que la transformación actual requiere cambios profundos en toda la cadena de valor.

Software e inteligencia artificial, claves del futuro

Más allá de la electrificación, Blume puso el foco en el papel del software y la inteligencia artificial como motores de la nueva automoción. Según explicó, el grupo ha intensificado sus esfuerzos en este ámbito tras reconocer que no era una de sus competencias principales en el pasado.

El avance en sistemas digitales, conectividad y conducción autónoma será determinante para competir en mercados como el chino, donde los consumidores valoran especialmente la tecnología a bordo.

Una industria en búsqueda de equilibrio

Las declaraciones de Blume reflejan un momento de transición en el sector, donde fabricantes, reguladores y consumidores buscan un equilibrio entre sostenibilidad, rentabilidad y viabilidad tecnológica.

La petición de una normativa más flexible no implica renunciar a los objetivos climáticos, sino adaptarlos a una realidad industrial cambiante que exige decisiones estratégicas rápidas y coordinadas.