Elon Musk ha encontrado una solución poco eléctrica para uno de los grandes problemas de su nueva apuesta por la inteligencia artificial: fabricar turbinas de gas.
SpaceX ha comenzado a desarrollar en Texas una capacidad propia para producir los componentes más complejos de estas máquinas, con el objetivo de reducir hasta 18 meses los plazos necesarios para ponerlas en funcionamiento.

El cuello de botella que ha cambiado las reglas
El problema no está únicamente en conseguir chips para entrenar modelos de inteligencia artificial. La electricidad se ha convertido en otro de los grandes cuellos de botella de los centros de datos.
La demanda eléctrica asociada a estas instalaciones crece con rapidez y las redes no siempre pueden proporcionar la potencia necesaria en los plazos que exige la industria. La Agencia Internacional de la Energía prevé que el consumo eléctrico de los centros de datos prácticamente se duplique hasta 2030.
El resultado es un cambio de estrategia. Grandes compañías tecnológicas están recurriendo a generación eléctrica instalada junto a los centros de datos, en muchos casos mediante turbinas de gas, para no depender exclusivamente de nuevas conexiones a la red.
SpaceX se encuentra en el centro de esta carrera. La compañía destinó cerca de 16.000 millones de dólares a infraestructura de inteligencia artificial durante el segundo trimestre de 2026.
La decisión coloca al empresario ante una contradicción difícil de ignorar. Mientras Tesla apuesta por el coche eléctrico, las baterías y la energía solar, y Musk asegura que tanto Tesla como SpaceX trabajan para alcanzar una capacidad de fabricación solar de 100 GW anuales cada una, su infraestructura de inteligencia artificial depende cada vez más del gas natural.
Una fábrica secreta en Texas
La nueva estrategia industrial se está desarrollando en Bastrop, Texas, junto a las instalaciones donde SpaceX fabrica terminales Starlink. La compañía adquirió aproximadamente 830 acres, unas 336 hectáreas, en la zona entre marzo y junio de 2026.
El objetivo es fabricar internamente álabes y paletas de turbinas de gas. Son precisamente estos componentes los que constituyen uno de los principales cuellos de botella de la industria.
La fabricación resulta especialmente compleja. Los álabes de las zonas más calientes de una turbina trabajan aproximadamente entre 1.650 y 1.980 grados Celsius. Para soportar esas temperaturas se emplean superaleaciones de níquel, canales internos de refrigeración y recubrimientos térmicos, además de procesos de fundición de enorme precisión.
Musk sostiene que fabricar estas piezas dentro de SpaceX permitiría acelerar hasta 18 meses la llegada de nuevas turbinas.

El mercado está prácticamente vendido hasta 2030
La jugada tiene una explicación industrial. La fabricación de grandes turbinas de gas está concentrada en un reducido grupo de fabricantes y sus carteras de pedidos están sometidas a una enorme presión por el crecimiento de los centros de datos.
GE Vernova, uno de los principales fabricantes mundiales, ha advertido de que su capacidad de producción está prácticamente comprometida hasta 2030.
SpaceX pretende, por tanto, eliminar de su cadena de suministro uno de los componentes que más limita la disponibilidad de estas máquinas. No se trata simplemente de comprar una turbina: la compañía quiere controlar parte de la tecnología y de la fabricación necesaria para producirla.
La apuesta por el gas tampoco empieza ahora. SpaceX ha recurrido a turbinas de gas y diésel móviles para suministrar electricidad a sus instalaciones de inteligencia artificial y ha invertido alrededor de 1.000 millones de dólares en APR Energy, una compañía especializada en generación eléctrica móvil cuya flota supera 1 GW de capacidad.
En Memphis, los centros de datos Colossus han utilizado decenas de turbinas de gas como solución de generación eléctrica independiente de la red. SpaceX mantiene además planes para sustituir parte de esta generación temporal por una central permanente de gas natural de aproximadamente 1,2 GW.
Aquí aparece el elemento más polémico de la estrategia de Musk. Tesla se convirtió en uno de los principales símbolos mundiales de la transición hacia el coche eléctrico. El fabricante ha contribuido a acelerar la electrificación del automóvil y también ha desarrollado baterías estacionarias y sistemas solares.
El propio Musk defiende ahora una expansión masiva de la generación solar. Tesla trabaja para alcanzar 100 GW anuales de capacidad de fabricación solar en Estados Unidos, mientras SpaceX plantea un objetivo equivalente.
Pero la realidad de los centros de datos es diferente. La energía solar necesita almacenamiento o respaldo para proporcionar electricidad de forma continua, mientras que una turbina de gas puede producir potencia cuando se necesita y desplegarse con mucha mayor rapidez que una nueva infraestructura eléctrica.
Por eso Musk sostiene que el gas natural seguirá siendo necesario durante varios años para complementar y poner en marcha la expansión de la energía solar.
El argumento puede ser técnicamente coherente desde el punto de vista de la seguridad de suministro, pero introduce una evidente tensión ambiental: para desarrollar una industria que pretende impulsar una nueva generación de inteligencia artificial, SpaceX está aumentando su dependencia de combustibles fósiles.
El problema no termina en las emisiones de CO₂. Las turbinas de gas también generan óxidos de nitrógeno y otros contaminantes atmosféricos.
El uso de generación propia en centros de datos ya ha provocado conflictos ambientales y regulatorios en Estados Unidos. En Memphis, organizaciones como la NAACP han cuestionado el funcionamiento de turbinas asociadas a las instalaciones de xAI.
Y los riesgos no son únicamente teóricos. Un análisis realizado en Virginia mediante el modelo sanitario COBRA de la Agencia de Protección Ambiental estadounidense estimó que las emisiones de un sistema formado por ocho turbinas de gas y 51 generadores diésel podrían asociarse a entre 3,4 y 6,5 muertes prematuras adicionales al año y entre 53 y 99 millones de dólares anuales en daños sanitarios. Se trata de una estimación modelizada, no de muertes observadas directamente.