España está pagando la factura de la crisis energética provocada por el conflicto en Oriente Medio, pero lo está haciendo en mejores condiciones que muchos otros países importadores de combustibles fósiles.
La razón está en una transformación que durante años ha cambiado silenciosamente el sistema eléctrico español: el crecimiento de la energía solar y eólica.

El petróleo y el gas, en el centro de la crisis
El origen del problema está en la importancia estratégica del estrecho de Ormuz. Por esta vía marítima circula una parte fundamental del comercio mundial de petróleo y gas, por lo que cualquier interrupción o amenaza sobre el tráfico de buques tiene consecuencias inmediatas sobre los precios internacionales. El resultado ha sido el mayor shock sostenido del precio del petróleo desde la Guerra del Golfo de 1990.
El efecto de la guerra se ha trasladado rápidamente a los mercados energéticos. Durante los primeros seis meses del conflicto, el gas natural licuado llegó a registrar precios medios un 60 % superiores a las expectativas previas a la guerra en Europa y un 75 % superiores en Asia. El diésel aumentó alrededor de un 59 %, mientras que el petróleo crudo se situó aproximadamente un 35 % por encima de lo previsto.
La crisis del estrecho de Ormuz ha provocado uno de los mayores shocks energéticos de las últimas décadas. Entre marzo y agosto de 2026, los importadores mundiales de combustibles fósiles han afrontado unos 330.000 millones de dólares adicionales respecto a lo que esperaba el mercado antes del conflicto. El impacto ha sido especialmente fuerte en Europa, donde el coste bruto adicional se ha situado en unos 78.000 millones de dólares.
El caso de España que también paga, pero menos
España no ha quedado al margen de la crisis. El impacto neto estimado sobre el país entre marzo y agosto asciende a unos 7.900 millones de dólares, equivalentes al 0,46 % del PIB.
Sin embargo, hay una segunda cifra que cambia sustancialmente la fotografía: el desarrollo de las energías renovables ha permitido evitar una parte importante de ese coste.
El crecimiento de la generación eléctrica limpia desde 2020 habría permitido a los países importadores ahorrar unos 36.000 millones de dólares en compras de carbón, gas y petróleo solamente durante los cinco primeros meses de la crisis. España aparece entre los países que más se han beneficiado de este efecto.
El ahorro español se estima en unos 2.500 millones de dólares por las importaciones de combustibles fósiles que no han sido necesarias gracias al aumento de la generación renovable.
Es decir, las placas solares y los parques eólicos no solo reducen emisiones de CO₂. En una crisis energética provocada por una guerra, también reducen la cantidad de combustibles que un país necesita comprar en el exterior.
La particularidad española resulta especialmente relevante porque el país sigue teniendo una elevada dependencia energética exterior. El avance de la generación renovable no ha eliminado esa dependencia, pero sí ha conseguido reducir la cantidad de gas y otros combustibles necesarios para producir electricidad.
El contraste con otros mercados demuestra el valor estratégico de esa transformación. China ha registrado el mayor ahorro absoluto derivado de la nueva generación limpia, con unos 7.900 millones de dólares, seguida de Japón, con unos 4.900 millones. España aparece también entre los países con mayores cantidades de combustibles fósiles evitadas.
El dato adquiere mayor importancia cuando se compara con el coste de la crisis. La Unión Europea ha afrontado un sobrecoste bruto cercano a 78.000 millones de dólares por las importaciones de combustibles fósiles durante los seis meses analizados. China, por su parte, ha soportado unos 35.000 millones y la India alrededor de 22.000 millones.

Esta ventaja no significa que España haya quedado protegida de la crisis energética. El mercado eléctrico español continúa expuesto al precio del gas. En determinadas horas, especialmente cuando desaparece la generación solar, las centrales de ciclo combinado pueden entrar en funcionamiento y contribuir a fijar el precio marginal de la electricidad.
Durante este verano se ha producido precisamente una situación de fuertes contrastes: precios muy bajos durante las horas centrales del día, cuando la fotovoltaica genera grandes cantidades de electricidad, frente a repuntes muy importantes al caer la producción solar. En algunas jornadas, el mercado mayorista ha superado los 200 euros/MWh durante determinadas horas.
Por eso, el siguiente paso de la transición energética no consiste únicamente en instalar más paneles solares. España necesita también almacenamiento, redes eléctricas más capaces y una demanda que pueda adaptarse a las horas de mayor producción renovable.