Dentro del sector del automóvil eléctrico, se ve la carga de alta potencia como la solución para que más conductores se animen a dejar atrás la combustión, ya que acerca los tiempos de carga al de los repostajes tradicionales. El problema, que se conoce, es que es un factor asociado con la degradación acelerada de baterías. Ahora, un nuevo informe basado en datos reales recopilados por la firma canadiense de análisis Geotab pone de manifiesto hasta qué punto es así.
El estudio, que abarca más de 22.700 vehículos eléctricos de 21 modelos diferentes, sugiere que la frecuencia y la potencia de las sesiones de carga tienen un impacto medible en la salud de las celdas a lo largo del tiempo. La conclusión más clara es que no conviene abusar de ellas.

Mucha potencia en muchas ocasiones, la peor combinación
Según los resultados, los coches eléctricos que emplean cargadores rápidos, que se consideran aquellos que operan por encima de 100 kW, con regularidad muestran tasas de degradación anual considerablemente más altas que los que dependen principalmente de cargas más lentas.
De acuerdo con los datos analizados, los EV que usaron cargadores rápidos en menos del 12 % de sus sesiones de carga totales presentaron una degradación media anual del 1,5 %, mientras que aquellos que lo hicieron en más del 12 % de sus sesiones registraron un promedio de 2,5 % de pérdida de capacidad cada año. El impacto fue todavía mayor en casos donde más del 40 % de las sesiones de carga superaron los 100 kW. En ese grupo, la degradación alcanzó un promedio del 3 % anual.
La diferencia de porcentaje puede no parecer excesiva, pero hay que tener en cuenta el efecto acumulativo que tendrá a lo largo de toda una vida útil del coche. El último grupo duplica la tasa de degradación del primero, lo que a largo plazo supondrá un efecto muy negativo para la batería.
Otra conclusión importante es que la combinación de alta potencia y alta frecuencia de carga representa el entorno más perjudicial para la salud de la batería dentro de los parámetros del estudio. Un ejemplo de ello está en el extremo opuesto: los vehículos que realizaron gran parte de sus cargas a potencias inferiores a 100 kW, incluso cuando se cargaron con relativa frecuencia, registraron una disminución más moderada de la capacidad de la batería, con un 2,2 % anual. Esto indica que no solo la potencia máxima del cargador es relevante, sino también con qué frecuencia se emplea en la rutina de carga diaria del conductor.
Un factor importante, pero hay muchos más
Los autores del informe puntualizan que la conducta de carga es solo una variable dentro de la ecuación compleja que determina la velocidad de degradación de la batería. En ella hay muchos otros factores que hay que tener en cuenta, como son la química de las celdas, los hábitos de conducción y las condiciones climáticas a las que se expone el vehículo. También tiene peso la antigüedad del vehículo, a que los más modernos cuentan con sistemas avanzados de gestión térmica y preacondicionamiento que ayudan a conservar mejor la salud de la batería.
En promedio, la degradación anual de las baterías de EV en 2025 se situó en torno al 2,3 %, según los datos de Geotab, lo que se traduce en que, después de ocho años, el paquete de baterías estándar podría retener alrededor del 81,6 % de su capacidad original. Este porcentaje, por un lado, representa una ligera subida respecto a las tasas de degradación observadas en años anteriores, y, por otro, está en la línea de la garantía que los fabricantes suelen ofrecer para sus coches eléctricos.

