Europa es uno de los principales campos de batalla cuando de movilidad eléctrica se habla. Más allá de la cuestión de las emisiones, ahora la controversia se centra en un tema muy diferente: ¿deben los coches eléctricos emitir sonidos artificiales más fuertes, incluso comparables al rugido de un motor de combustión?
Uno de los puntos fuertes de los vehículos de baterías es, precisamente, su silencio, que ayuda a reducir la contaminación acústica, algo especialmente relevante en los lugares en los que hay mucho tráfico. El problema que ven muchos es que esto hace que no sean seguros mientras circulan, lo que ha abierto el debate.

Seguridad o cuestión emocional
Según recoge el medio alemán Heise, la base de la discusión radica en las regulaciones que actualmente exigen niveles mínimos de sonido en vehículos eléctricos. Hasta ahora, el requisito principal en la Unión Europea y otros mercados es que los EV emitan un sonido de alerta para peatones, ciclistas y personas con discapacidad visual cuando circulan a baja velocidad, mediante el sistema conocido como Acoustic Vehicle Alerting System (AVAS). Es un sonido que busca evitar que, por su naturaleza silenciosa, el vehículo pase desapercibido para otros usuarios de las calles.
Sin embargo, la industria automotriz está promoviendo algo más allá del AVAS obligatorio. Asociaciones representativas del sector, como la World Association of Automobile Manufacturers (OICA), están impulsando la adopción de sistemas de sonido más amplios, conocidos como Exterior Sound Enhancement Systems (ESES).
A diferencia del AVAS, que tiene un fin estrictamente de seguridad, los ESES permitirían a los fabricantes dotar a sus coches eléctricos de sonidos específicos, lo que posibilitaría personalizar su sonoridad, haciendo que sean más deportivos o que imiten la rumorosidad característica de los coches de combustión. Es algo que ya se puede ver en algunos coches eléctricos, pero los que usan sistemas similares lo hacen para replicar el sonido dentro del coche, para que el conductor y los pasajeros lo experimenten, no tanto hacia afuera.
Los principales defensores de esta idea son fabricantes de coches deportivos y marcas de lujo, que argumentan que estos sonidos forman parte de la identidad y el ADN del automóvil y ponen de manifiesto que muchos compradores potenciales desean conservar experiencias sensoriales asociadas a los vehículos tradicionales, como el ruido del motor.
La polémica está servida
Como cabría esperar, la propuesta ha encontrado una fuerte resistencia en varios frentes. El contraargumento más obvio, esgrimido por expertos en salud pública y protección ambiental, es que la idea de hacer sonar más los vehículos eléctricos representa un paso atrás en la lucha contra la contaminación acústica.
Según la Agencia Europea del Medio Ambiente (EEA), el tráfico es la segunda mayor amenaza ambiental en Europa después de la contaminación del aire, con más de 110 millones de personas expuestas a niveles de ruido perjudiciales para la salud. De la exposición crónica a ruido de tráfico pueden derivar problemas como hipertensión, infartos o incluso accidentes cerebrovasculares. Aquellos que están en contra de que los coches hagan ruido señalan que hay que aprovechar la electrificación del parque automovilístico para hacer que las ciudades sea más tranquilas a nivel acústico.
Este choque frontal ha llevado a las negociaciones en órganos reguladores internacionales como la UNECE (Comisión Económica de las Naciones Unidas para Europa), donde se discute si ampliar los límites de sonido permitidos y cómo deberían funcionar estos sistemas.
Una alternativa que se baraja, pero que sigue si convencer a los detractores, es el “default-off”, es decir, que los sistemas de sonido adicionales estén instalados, pero solo se activen si el conductor lo decide. Esta propuesta intenta así equilibrar las demandas de la industria y las preocupaciones de salud pública.

