Giorgia Meloni ha trasladado al debate sobre el automóvil una lectura menos habitual en la política industrial: la cultural. En su conferencia de prensa de inicio de año, la primera ministra defendió que la crisis del sector no se explica solo por costes, tecnología o regulación, sino también por un cambio en la relación social con el coche.
En ese marco, Meloni resumió su tesis con una frase destinada a generar titulares: “Antes el coche era el principal símbolo de estatus. Hoy ya no es así”. La idea, tal y como la planteó, apunta a una transformación de hábitos y aspiraciones que afecta directamente a cómo se compra, se usa y se valora el automóvil, especialmente en las generaciones más jóvenes y en entornos urbanos.

Italia reabre el debate industrial y cultural del automóvil
La reflexión cultural llegó acompañada de un diagnóstico más amplio sobre la industria europea. Meloni vinculó parte de las tensiones del sector a decisiones adoptadas a nivel comunitario y sostuvo que, en el caso del automóvil, los paquetes regulatorios asociados al Green Deal han tenido un papel en las dificultades industriales recientes.
Su intervención se produce en un momento en el que la normativa vigente de CO₂ para turismos y furgonetas fija para 2035 el objetivo de cero emisiones de escape en los nuevos vehículos vendidos en la UE, mientras Bruselas tramita una propuesta de revisión presentada en diciembre de 2025 para introducir flexibilidades en ese marco.
En la práctica, el debate político y empresarial se ha ido desplazando desde el “si” al “cómo” de esa transición, con especial atención a tres palancas: precio final para el consumidor, infraestructura de recarga y capacidad industrial europea para sostener la cadena de valor (baterías, electrónica de potencia, software) sin perder competitividad frente a Asia y Estados Unidos.
En Italia, esa discusión se está canalizando también desde el Ministerio de Empresa y Made in Italy. El ministro Adolfo Urso anunció la convocatoria de una mesa del automóvil para el 30 de enero, planteándola como un foro para abordar tanto medidas nacionales como la presión sobre Bruselas para ajustar el marco regulatorio.

Urso dejó además una formulación que resume la dimensión estratégica que Italia quiere imprimir al asunto: “Sin el coche europeo no hay industria europea”, una frase que enlaza la electrificación con empleo, inversión y autonomía industrial, y que busca elevar el automóvil al rango de sector tractor en la agenda comunitaria.
En paralelo, la lectura “cultural” de Meloni encaja con una realidad que ya condiciona el mercado, ya que el automóvil compite cada vez más con otras formas de movilidad y con un consumidor más sensible al coste total, a restricciones locales y a la conveniencia diaria. En ese contexto, la transición tecnológica convive con una transición de uso y de expectativas, donde el coche tiende a ser menos “símbolo” y más “herramienta”.
A corto plazo, el pulso europeo seguirá centrado en cómo acelerar la electrificación sin desindustrializar, cómo desplegar recarga a ritmo suficiente y cómo sostener demanda en un entorno de incertidumbre regulatoria. En ese tablero, Italia busca ganar influencia con un doble argumento, el de corregir aspectos del Green Deal que considera dañinos para su tejido productivo y, a la vez, reconocer que el automóvil ya no ocupa el mismo lugar cultural que hace una generación.
