Muchas han sido las películas de Hollywood en las que se nos ha presentado un futuro dominado por las máquinas. Llevamos décadas viendo robots soldando y pintando en las líneas de montaje, pero lo que viene ahora es otra liga. Expertos del sector y analistas de firmas como Gartner y Warburg Research apuntan a una fecha clave: 2030. Para entonces, las llamadas "fábricas oscuras" (plantas que funcionan sin luz porque no hay ojos humanos que la necesiten) dejarán de ser una teoría para convertirse en una realidad comercial.
La eficiencia se ha convertido en la única religión de los fabricantes, y en esa fe, el ser humano empieza a ser el eslabón más débil (y caro) de la cadena. China ha demostrado que es posible reducir los costes de producción aumentando la masa, pero salvo la India, ningún otro país del mundo tiene a su alcance semejante fuerza laboral. La única solución para incrementar la producción sin elevar los costes es la robotización.

China, el primer candidato a la fábrica vacía
El informe es contundente: lo más probable es que un fabricante chino sea el primero en anunciar una planta de producción masiva con "cero humanos". La razón no es solo el coste, sino la velocidad. Mientras las marcas occidentales tienen que lidiar con sindicatos y legislaciones laborales complejas, gigantes como Xiaomi o BYD ya están diseñando sus nuevas plantas bajo un concepto de automatización total desde el primer ladrillo.
El objetivo es reducir los costes operativos entre un 10% y un 30% para 2030 gracias a la inteligencia artificial aplicada a toda la cadena de valor. La realidad a día de hoy es que Hyundai ya ha confirmado que desplegará robots humanoides Atlas en su planta de Georgia (EE. UU.) a partir de 2028 para tareas de logística y secuenciación de piezas. Un primer paso de lo que está por venir.

De la ayuda a la sustitución total
Hasta ahora, la narrativa oficial era la "colaboración": el robot hace lo peligroso y el humano supervisa. Pero los expertos sugieren que para 2030 esa relación se romperá. Se espera que para finales de la década, robots con forma humana (como el Optimus de Tesla o el Iron de Xpeng) realicen tareas de ensamblaje final, el último bastión donde la destreza manual humana era imbatible.
La IA no solo fabricará el coche; se arreglará a sí misma. Las fábricas del futuro detectarán un fallo en un rodamiento antes de que ocurra y un robot de mantenimiento lo sustituirá sin detener la línea. Más del 80% de los directivos del sector creen que los planes de producción se recalibrarán solos mediante simulaciones constantes, eliminando la necesidad de jefes de planta tradicionales.

El drama social: millones de empleos en el aire
No todo son ventajas y márgenes de beneficio. Los analistas ponen el dedo en la llaga del impacto social. En el Reino Unido, por ejemplo, se estima que la automatización podría erradicar casi 1,4 millones de empleos relacionados con la automoción para 2030. En Alemania, principal fabricante de Europa, los datos no son mucho mejores. Los estudios más pesimistas hablan de una pérdida de 186.000 puestos de trabajo para 2035 solo por el cambio al coche eléctrico, cifra que se dispararía si sumamos la automatización total de las plantas.
La fábrica del 2030 será un lugar silencioso, eficiente y, probablemente, muy oscuro. El sueño de Henry Ford de la producción en masa llega a su destino final: una máquina que fabrica otra máquina sin que nadie intervenga. El reto ahora no es tecnológico, es saber qué haremos con los millones de personas que, por primera vez en un siglo, ya no son necesarias para construir un coche.