La historia energética europea vuelve a mirar hacia el pasado para intentar leer el presente. Las crisis geopolíticas, como la de Oriente Próximo, han reactivado en Bruselas el debate sobre hasta qué punto conviene reducir la dependencia de los combustibles fósiles y acelerar alternativas más estables.
Esa discusión remite a lo ocurrido en los años 70, cuando los shocks petrolíferos no cambiaron el sistema de un día para otro, pero sí abrieron una ventana para tecnologías que ya estaban maduras y podían escalarse.

Los reactores nucleares modulares pequeños (SMR) en Europa
En un informe publicado hace unos días, BBVA Research concluye que las crisis no provocan por sí solas una transición energética, sino que la aceleran cuando existen sustitutos viables, escalables y con apoyo político suficiente.
El informe del banco vasco subraya que no es tanto el precio puntual del petróleo lo que altera las decisiones de inversión, sino la percepción de que el riesgo de suministro ha dejado de ser transitorio. En otras palabras, la volatilidad no transforma por sí sola el sistema, pero sí cambia las expectativas de los agentes económicos sobre lo que puede venir después.
Esa lectura explica por qué los episodios de tensión geopolítica tienden a empujar hacia tecnologías que reducen la exposición al exterior, siempre que la tecnología esté lo bastante desarrollada y exista capacidad para desplegarla de forma masiva.
BBVA recuerda dos grandes momentos de sustitución. El primero llegó tras las crisis petrolíferas de los años 70. Entonces, la nuclear pasó de ser casi residual a cubrir alrededor del 6 % o el 7 % del suministro energético total a mediados de los 90, una expansión que continuó incluso cuando el precio del crudo dejó atrás los máximos de aquella etapa.
El segundo impulso relevante apareció a partir de 2005, cuando las renovables dejaron de estar estancadas, coincidieron con una caída de costes en solar y eólica y empezaron a crecer con más fuerza. El análisis del banco insiste en que las crisis solo aceleran la transición cuando la tecnología alternativa ya está lista para entrar en escena.

Julián Cubero, economista líder del clúster de Economía del Cambio Climático de BBVA Research y uno de los autores del estudio, resume esa lógica en una idea de precios relativos: si la energía fósil se encarece por el riesgo de suministro, lo no fósil gana atractivo. Esa ventaja, apunta, no implica que todo el mundo vaya a virar de inmediato hacia la nuclear o las renovables, pero sí que en determinadas geografías estas opciones refuercen su valor estratégico.
En el caso europeo, además, la ecuación no depende solo de producir electricidad, sino de contar con redes, almacenamiento y capacidad de gestión suficientes para absorberla con estabilidad.
El problema, añade el análisis, es que el sector energético exige inversiones muy intensivas en capital y con horizontes largos. La fotovoltaica, la hidráulica y especialmente la nuclear necesitan años para materializarse y, en el caso de los reactores modulares pequeños, el despliegue sigue dependiendo de marcos regulatorios, financiación y cadenas de suministro capaces de acompañar el proyecto.
La tesis de fondo es sencilla: los incentivos funcionan si se mantienen en el medio y largo plazo; si no, se diluyen antes de traducirse en capacidad real instalada.
Y ahí es donde entra el movimiento político de Bruselas. Ursula Von der Leyen afirmó en París, el 10 de marzo de 2026, que reducir el peso de la nuclear en Europa fue un “error estratégico”. Recordó que en 1990 la energía atómica aportaba alrededor de un tercio de la electricidad europea y que hoy esa cuota ha caído al 15%, mientras el bloque sigue expuesto a importaciones caras y volátiles de petróleo y gas.
En paralelo, la Comisión Europea anunció una garantía de 200 millones de euros para atraer inversión privada a tecnologías nucleares innovadoras, con cargo al mercado europeo de carbono.

Ese giro se produce en un contexto especialmente sensible. La tensión vinculada a Irán ha elevado el foco sobre la seguridad del suministro, y Europa sigue pagando el coste de su dependencia exterior.
Reuters recuerda que la exposición a petróleo y gas importados dejó a los países europeos más vulnerables al alza de precios en 2022, cuando Rusia recortó el gas tras la invasión de Ucrania. Además, la propia industria nuclear europea mantiene todavía dependencias notables: en 2024 los productores del bloque importaron el 15 % de su uranio desde Rusia y, en el caso de Francia, el 39 % del uranio enriquecido llegó de ese país en 2025.
A ello se suma que el mercado ya se mueve: en 2024 la surcoreana KHNP ganó en la República Checa un contrato valorado en al menos 18.000 millones de dólares para construir una nueva central, una adjudicación que EDF trató de frenar en los tribunales.
En ese marco, la nueva estrategia europea para los reactores modulares pequeños deja de ser una apuesta teórica y pasa a formar parte de una respuesta más amplia a la fragilidad energética del continente.
La Comisión quiere que los primeros SMR europeos estén operativos a comienzos de la década de 2030, y el mensaje político es claro: cuando la geopolítica aprieta, Bruselas vuelve a mirar a la nuclear como una palanca de soberanía, industria y seguridad de suministro.