El concepto de ‘energía solar espacial’ ha resurgido en los últimos años como alternativa renovable de largo alcance. Sin la atmósfera de por medio, los paneles en órbita reciben luz constante día y noche, lo que multiplica su rendimiento.
Los investigadores del Instituto de Tecnología de California (Caltech) estiman que un colector en el espacio podría generar hasta ocho veces más energía que uno terrestre equivalente. Por ello, agencias espaciales de China, Estados Unidos, Japón y la Unión Europea estudian activamente este sistema. Incluso la Agencia Espacial Europea (ESA) lanzó en 2024 la iniciativa SOLARIS para evaluar su viabilidad, con miras a decidir antes de 2025 si iniciar un programa dedicado.

Las ventajas de la energía solar espacial
Cuatro son las ventajas principales de esta tecnología:
- Suministro energético constante las 24 h sin depender del clima ni de la alternancia noche/día.
- Uso mínimo de terreno sobre la Tierra.
- Huella de carbono inferior a la generación terrestre convencional.
- Posible distribución de electricidad a zonas aisladas sin red eléctrica local.
Sin embargo, las ventajas contrastan con los enormes desafíos técnicos y económicos. El lanzamiento y montaje de enormes plantas orbitales conllevan un costo inicial altísimo y pérdidas de energía durante la transmisión inalámbrica.
Un informe de la NASA alertó de que el kWh procedente de un satélite solar podría costar alrededor de 0,61 dólares, muy superior a los 0,05 $/KWh de las plantas terrestres, por la energía y emisiones asociadas a tantos lanzamientos. En concreto, se ha calculado que una estación espacial de 1 GW (como el concepto británico CASSIOPeia) requeriría lanzar al menos 68 cohetes Starship para desplegarla. Estos datos han servido de argumento para moderar las expectativas.
Pese a todo, ya se han realizado demostraciones pioneras. En enero de 2023 el equipo del Proyecto de Energía Solar Espacial de Caltech (SSPD) puso en órbita un prototipo de satélite que recogió luz solar, la convirtió en electricidad y la transmitió por microondas a la Tierra.
Fue la primera vez que se consiguió enviar energía a larga distancia desde el espacio, un hito celebrado como un gran avance. Poco después, en 2024 Japón anunció que en 2025 lanzará su satélite OHISAMA (“sol” en japonés), una misión de prueba de solo 180 kg equipada con un panel de 2 m². Este satélite transferirá unos 1 kW de potencia vía microondas desde 400 km de altitud. Aunque solo da para alimentar un electrodoméstico pequeño, representa un paso importante: Japón ha seguido el cronograma al pie de la letra para “emular” la hazaña de EE. UU., lograda dos años antes.
Por su parte, China ha dado pasos de gigante. El ambicioso programa espacial chino incluye no solo estaciones orbitales tripuladas, sino también planes para granjas fotovoltaicas en órbita baja. Según fuentes chinas, Pekín prevé tener operativa para la década de 2030 una central solar orbital, adelantándose así a competidores como Japón o EE. UU., mientras Europa aún evalúa el proyecto.
En suelo chino ya prueban prototipos terrestres y estudian materiales ultraligeros y cohetes reutilizables (en parte inspirados por SpaceX) para abaratar lanzamientos. La idea es clara: aprovechar los desiertos del espacio, donde un panel limpiamente orientado capta más energía sin polvo ni nubes que en cualquier desierto terrestre.

El arma accidental de los rayos láser
No obstante, la creciente congestión orbital y la naturaleza del sistema abren nuevas preocupaciones. Además de los riesgos obvios de colisión con basura espacial, los láseres y microondas usados para transmitir la energía podrían convertirse en “armas accidentales”.
Un estudio del Instituto de Ingeniería Ambiental por Satélite de Pekín (publicado en High Power Laser and Particle Beams) advierte que si uno de estos láseres pierde su objetivo por error, podría dañar otros satélites cercanos o incluso naves en despegue.
Aunque no bastaría para destruirlos, sí habría peligro de sobrecalentamiento: el rayo podría inundar paneles con energía extra, disparando descargas eléctricas que apaguen satélites y los obliguen a repararse.
Esta amenaza aumenta con frecuencias más cortas (láseres de mayor energía por longitud de onda), según pruebas de laboratorio con pulsos ultracortos sobre paneles simulados en condiciones orbitales.
A ello se suma el hecho de que las constelaciones satelitales se expanden aceleradamente: por ejemplo, SpaceX acaba de recibir luz verde para 7.500 nuevos satélites Starlink en LEO, lo que multiplica los posibles blancos de un rayo errante.
Los investigadores llaman a diseñar sistemas seguros: elegir potencias láser que no excedan límites críticos, o dotar a los satélites de escudos reflectantes o circuitos de protección extra. Mientras se desarrollan estas precauciones, los expertos subrayan que la transmisión inalámbrica de energía desde el espacio es una tecnología global en investigación.
Además de los proyectos en EE. UU. y Japón, agencias como el Departamento de Defensa de EE. UU. (DARPA) y la propia NASA han mostrado interés (aunque esta última también critica costes y emisiones). En Europa, el plan SOLARIS sigue impulsando estudios de radiofrecuencia y espejos orbitales que potencien la energía de paneles en Tierra.
La carrera por la energía solar orbital reúne tanto promesas de abastecimiento limpio como dudas geopolíticas y técnicas. Países y empresas de todo el mundo avanzan a toda velocidad, empujados por la urgencia climática y la disponibilidad de nuevos cohetes reutilizables.
Pero en la órbita baja no solo crece la energía que cosechamos del sol: también aumenta la complejidad del escenario donde esa energía viajará. El futuro determinará si estas gigantescas granjas solares en el espacio se convierten en un pilar energético indiscutible o dejan como legado una nueva forma de interferencia láser entre satélites.