El desarrollo del coche eléctrico está desencadenando una transformación industrial sin precedentes, y uno de sus pilares fundamentales es el mercado de los materiales necesarios para fabricar baterías. Según un reciente informe de la firma de análisis IDTechEx, este sector alcanzará un valor de 154.000 millones de dólares en 2036, lo que convertirá al sector en uno de los grandes motores económicos de la próxima década.
Este crecimiento no es casual y también es lógico que vaya a aumentar de manera exponencial. Responde a la expansión acelerada de los vehículos eléctricos a nivel global, que dependen en gran medida de las baterías de ion de litio. Detrás de estas baterías existe una compleja combinación de materiales, entre los que están los del cátodo, como el níquel, manganeso, cobalto, hierro o fosfato, y los del ánodo, principalmente grafito y silicio.
Variedad de materiales
El informe destaca que no existe una única tecnología dominante, sino varias químicas que conviven según las necesidades del mercado. En Europa y Norteamérica, las baterías basadas en níquel, como las NMC (níquel, manganeso y cobalto), han sido tradicionalmente las más utilizadas, especialmente en vehículos de gama alta gracias a su mayor densidad energética. En cambio, en China predominan las baterías LFP (litio-ferrofosfato), más económicas y ampliamente adoptadas en vehículos de gran volumen.
Sin embargo, el mercado está en constante evolución. Nuevas soluciones como las baterías LMFP buscan combinar lo mejor de ambos mundos, ofreciendo un equilibrio entre coste y prestaciones. Esta diversificación tecnológica implica también una transformación en la demanda de materiales, que no solo crece en volumen, sino que cambia su composición a medida que llegan nuevas innovaciones.
Uno de los factores más relevantes en este contexto es la volatilidad de los precios de las materias primas. Elementos clave como el litio, el cobalto o el níquel presentan una oferta limitada y tiempos de extracción prolongados, lo que provoca fuertes fluctuaciones en sus precios. El informe señala, por ejemplo, que el hidróxido de litio alcanzó picos de hasta 80.000 dólares por tonelada en 2022 y 2023 debido a una demanda superior a la esperada.
Esta volatilidad tiene un impacto directo en el coste de las baterías y, por extensión, en el precio de los vehículos eléctricos. Además, hay factores geopolíticos pueden agravar la situación: el cobalto, por ejemplo, experimentó subidas de precio tras restricciones temporales a la exportación en la República Democrática del Congo, que es el principal productor mundial.
Una tendencia positiva
A pesar de estos desafíos, el informe también apunta a una tendencia positiva en los costes. En 2025, los materiales para baterías alcanzaron mínimos históricos en términos de coste por kilovatio hora, situándose en torno a 34 dólares/kWh para LFP y 39 dólares/kWh para NMC 811. Esto sugiere que, a largo plazo, la mejora de procesos y economías de escala podría compensar parcialmente la volatilidad de las materias primas, haciendo que los precios de los coches eléctricos se equiparen a los de modelos de combustión.
Mirando al futuro, apunta que el potencial del mercado se verá impulsado por nuevas tecnologías que podrían cambiar radicalmente la demanda de materiales. Entre ellas destacan los ánodos con mayor contenido de silicio, que permitirán aumentar la densidad energética, o las baterías de estado sólido, que sustituirán los electrolitos líquidos por materiales sólidos como polímeros o cerámicas.
Asimismo, se están desarrollando nuevos tipos de cátodos que reducen la dependencia del cobalto, que es un material caro y con implicaciones geopolíticas, en favor de alternativas más económicas como el manganeso. También se exploran tecnologías como las baterías de litio-metal o litio-azufre, aunque su implantación en el sector del automóvil será limitada en el corto plazo.
En conjunto, todas estas tendencias apuntan a un mercado no solo gigantesco en términos económicos, sino también en volumen físico: la demanda de materiales para baterías de vehículos eléctricos podría superar los 17,9 millones de toneladas en 2036.


