Según la Asociación Española de la Carretera (AEC), más de la mitad de la red viaria gestionada por el Estado, las comunidades autónomas y las diputaciones forales presenta deterioros graves o muy graves. En total, 34.000 kilómetros requieren una reconstrucción urgente, una situación que, según el sector, hace inviable la circulación segura de vehículos altamente automatizados en amplios tramos.
En este escenario, el desarrollo del coche autónomo en España se enfrenta a un obstáculo estructural que va más allá de la tecnología: el estado de las carreteras. El deterioro del pavimento, la pérdida de señalización y la falta de mantenimiento están comprometiendo la viabilidad de los sistemas de conducción automatizada y amenazan los planes de la Dirección General de Tráfico (DGT) para impulsar esta tecnología.

Un problema que no se limita a un daño colateral
El problema no es menor. Los vehículos autónomos dependen directamente de sensores, cámaras, radares y sistemas LiDAR, la tecnología láser que mide distancias con precisión, para interpretar el entorno. Cuando las marcas viales están borradas, la señalización es confusa o el asfalto presenta baches, grietas, parches o deformaciones, los sistemas pueden perder referencias o interpretar de forma errónea la carretera.
En situaciones de firme irregular, un conductor humano toma decisiones intuitivas como esquivar un obstáculo, frenar o cambiar de trayectoria, basadas en experiencia y percepción. En cambio, la inteligencia artificial necesita reglas claras y datos fiables. Cuanto más impredecible es la superficie, mayor es la complejidad para los algoritmos y menor la fiabilidad del sistema.
A esta dificultad se suma el uso de mapas de alta precisión, que describen la vía con un nivel de detalle centimétrico. Cuando el pavimento cambia con frecuencia por obras o deterioro, estos mapas quedan desactualizados, lo que reduce la capacidad del vehículo para anticipar el entorno y aumenta el riesgo operativo.
Pese a este contexto, España ha avanzado en el marco regulatorio y en la preparación del despliegue. El país cuenta con un programa marco de pruebas piloto para vehículos sin conductor, orientado a facilitar la experimentación y la integración progresiva de la conducción automatizada en condiciones reales.
El mercado también evoluciona. La cuarta edición del Barómetro del Vehículo Autónomo y Conectado, elaborado por Anfac, señala que la oferta de modelos avanza hacia mayores niveles de automatización, mientras disminuye la presencia de vehículos con menor equipamiento tecnológico. De hecho, el conjunto del parque nuevo supera de media el Nivel SAE 2, que es el máximo actualmente permitido por el marco regulatorio de circulación en España.
Sin embargo, el avance tecnológico del vehículo puede quedar limitado por la infraestructura. El deterioro de la red viaria amenaza con ralentizar o incluso paralizar la transformación de las carreteras en infraestructuras inteligentes, seguras y conectadas, uno de los pilares de la movilidad del futuro.

La AEC advierte de que las consecuencias van más allá del coche autónomo. El estado de las carreteras puede comprometer objetivos estratégicos como la descarbonización del transporte, la reducción a la mitad de las víctimas mortales en accidentes antes de 2030, la mejora de la resiliencia de las infraestructuras frente al cambio climático, el impulso a la repoblación de zonas rurales o la implantación de sistemas de movilidad automatizada al ritmo exigido por los compromisos europeos.
En este contexto, el principal reto ya no es tecnológico ni normativo, sino estructural. Sin una inversión sostenida en conservación y modernización de la red viaria, el despliegue del coche autónomo en España quedará limitado por un factor básico: la calidad del asfalto sobre el que debe circular. El futuro de la conducción automatizada, concluyen fuentes del sector, dependerá tanto de los avances en inteligencia artificial como de la capacidad para recuperar los 34.000 kilómetros de carreteras que hoy necesitan una reconstrucción urgente.