El último coche considerado 100% español, es decir, de una marca con capital íntegramente nacional y sin depender de un gran grupo extranjero, se fabricó en 2011, cuando cerró Santana Motor en Linares (Jaén).
Santana era, en el momento de su desaparición, la única empresa del sector con capital completamente español. Su actividad industrial cesó ese año tras el final de la producción de sus modelos todoterreno y vehículos industriales, muchos de ellos desarrollados a partir de acuerdos tecnológicos con otras marcas, pero fabricados bajo control nacional.

La vuelta de España a la industria del automóvil
Desde entonces, España ha seguido siendo una gran potencia en fabricación de automóviles, pero con una diferencia clave: prácticamente todos los vehículos producidos pertenecen a multinacionales extranjeras (Volkswagen, Stellantis, Renault, Ford, etc.), aunque se diseñen o fabriquen aquí. Eso significa que son “fabricados en España”, pero no “españoles” en propiedad industrial.
Pero el coche eléctrico está suponiendo una revolución total de la industria y España se prepara para recuperar una de sus señas industriales más simbólicas: la fabricación de un vehículo desarrollado íntegramente en el país.
La startup LIUX prevé lanzar en 2026 el BIG, un coche eléctrico urbano diseñado, desarrollado y producido en territorio nacional, con el objetivo de ofrecer una alternativa asequible y sostenible para la movilidad en ciudad.
El proyecto representa uno de los intentos más ambiciosos de los últimos años por crear una marca automovilística española independiente, en un contexto en el que la mayoría de las plantas del país pertenecen a grandes grupos internacionales. La iniciativa busca reforzar el tejido industrial local y reducir la dependencia de cadenas de suministro globales, al tiempo que se alinea con los objetivos europeos de descarbonización del transporte.
LIUX, fundada en 2021 por Antonio Espinosa de los Monteros y David Sancho, nació con un enfoque centrado en la movilidad eléctrica de bajo coste, el uso de materiales sostenibles y la producción nacional. Desde su creación, la compañía ha invertido alrededor de 12 millones de euros en el desarrollo del vehículo y en la preparación de su estructura industrial.

El BIG se concibe como una solución para entornos urbanos, donde la mayoría de los desplazamientos diarios no supera los cinco kilómetros. Su planteamiento responde a un cambio de uso del automóvil: no pretende sustituir al coche principal en viajes largos, sino convertirse en un segundo vehículo ligero, eficiente y económico para el día a día.
Desde el punto de vista técnico, el BIG es un biplaza de 2,7 metros de longitud encuadrado en la categoría L7e, la de los cuadriciclos pesados. Este tipo de vehículos ofrece prestaciones cercanas a las de un turismo en ciudad y, en determinados casos, puede conducirse desde los 16 años con el permiso AM.
Uno de los elementos diferenciales del proyecto es su enfoque en la sostenibilidad integral. La carrocería utiliza biocompuestos, como fibra de lino reciclable y resinas de origen vegetal, que permiten reducir el peso y disminuir el consumo energético durante el proceso de fabricación. Según la empresa, este diseño puede reducir la huella de carbono hasta en un 80% respecto a un coche convencional.
El sistema de almacenamiento energético también sigue una lógica modular. El vehículo contará con dos opciones de batería: una de 15 kWh, con una autonomía aproximada de 170-175 kilómetros, y otra de 20 kWh, capaz de alcanzar entre 200 y 230 kilómetros según el uso. Esta arquitectura facilita la reparación, el reciclaje y la adaptación del vehículo a distintas necesidades de autonomía.
El precio será uno de sus principales argumentos comerciales. La versión básica tendrá un coste inferior a 18.000 euros, muy por debajo de la mayoría de turismos eléctricos del mercado, que suelen situarse entre los 30.000 y los 40.000 euros o más. Este posicionamiento pretende facilitar el acceso a la movilidad eléctrica a particulares urbanos y a pequeñas flotas profesionales.
El interés inicial parece significativo: la compañía asegura haber recibido más de 2.000 solicitudes en lista de espera antes del inicio oficial de las reservas. Además, la estrategia comercial incluye la incorporación de Jordi Cuesta, exdirector de BYD en España y Portugal, como responsable de ventas, con el objetivo de construir una red de distribución sólida desde el inicio.
En paralelo, LIUX ya trabaja en su expansión internacional, con planes para entrar en Italia y Francia, dos mercados europeos con alta densidad urbana y un entorno favorable para vehículos compactos y eléctricos.
La producción del BIG se realizará en España. En una primera fase, la compañía prevé fabricar unas 2.500 unidades durante el primer año, mientras completa el desarrollo de su cadena de suministro y la certificación del vehículo.
El proyecto industrial más relevante se sitúa en Azuqueca de Henares (Guadalajara), donde la empresa impulsa una planta de 6.000 metros cuadrados. La inversión total prevista asciende a unos 30 millones de euros a lo largo de cinco años.
La instalación generará alrededor de 485 empleos, de los cuales 185 serán directos, y tiene como objetivo alcanzar una capacidad de producción de 15.000 vehículos anuales en 2028. En su primer ejercicio, la previsión es ensamblar esas 2.500 unidades iniciales, en línea con la demanda estimada.

El impacto territorial también es relevante. Castilla-La Mancha vuelve así al mapa de la fabricación de automóviles, un sector ausente en la región desde hace cerca de un siglo. Las autoridades autonómicas han destacado el proyecto como un impulso para la actividad económica y el empleo en Guadalajara y su entorno.
Pese al potencial del proyecto, el lanzamiento no está exento de desafíos. La producción a escala industrial aún debe consolidarse, y el éxito dependerá de factores clave como la fiabilidad del vehículo, la red de servicio posventa, la gestión de la garantía de las baterías y la capacidad de mantener costes competitivos en un mercado cada vez más concurrido.
Además, la propia categoría L7e implica limitaciones en potencia, velocidad y uso en determinadas vías, lo que condiciona su posicionamiento como vehículo eminentemente urbano.