Elon Musk ha reconocido públicamente que uno de los grandes pilares del relato tecnológico de Tesla no se ha materializado como esperaba. Tras años asegurando que otros fabricantes de automóviles acabarían licenciando el sistema Full Self-Driving (FSD), el directivo ha admitido que ninguna marca está dispuesta a adoptar la tecnología de conducción autónoma desarrollada por la compañía estadounidense.
El reconocimiento llegó a través de varios mensajes publicados por Musk en X (antes Twitter), donde afirmó de forma directa que los fabricantes “¡No lo quieren!”. Según explicó, las conversaciones que se han producido en los últimos años se limitan a proyectos muy pequeños, con horizontes a largo plazo y con exigencias que Tesla considera inaceptables.
El fin de una promesa recurrente

Desde al menos 2020, Musk ha insistido en que Tesla no solo era un fabricante de coches, sino una empresa de inteligencia artificial cuyo software acabaría siendo imprescindible para el resto de la industria. En múltiples ocasiones sostuvo que la ventaja tecnológica del FSD era tan grande que otras marcas no tendrían más remedio que licenciarlo para seguir siendo competitivas.
En 2023, el propio Musk aseguró que Tesla estaba “encantada” de ofrecer su sistema Autopilot y FSD a cualquier fabricante interesado. Un año después, llegó incluso a afirmar que existían conversaciones avanzadas con un gran grupo automovilístico y que había altas probabilidades de cerrar un acuerdo. Ninguno de esos anuncios se tradujo en contratos reales.
El choque con la realidad industrial
La negativa de los fabricantes tradicionales parece responder a una diferencia profunda de enfoques. Mientras Tesla ha optado por un despliegue rápido del software, liberando versiones en fase beta, ahora denominadas “Supervised”, y utilizando a los conductores como validadores del sistema, la industria convencional sigue procesos mucho más estrictos de homologación, certificación y gestión de responsabilidades legales.

Este contraste se ha hecho evidente en casos como el de Mercedes-Benz, que lanzó su sistema Drive Pilot asumiendo explícitamente la responsabilidad legal cuando el vehículo opera en modo autónomo de nivel 3. Tesla, en cambio, mantiene que el conductor es siempre responsable, incluso cuando el sistema está activado, un planteamiento que genera reticencias entre posibles socios. Y hace poco dejó de vender la tecnología Full Self-Driving como tal, de manera que ya solo se puede utilizar mediante suscripción.
Riesgos legales y presión regulatoria
El enfoque de Tesla ha provocado investigaciones por parte de reguladores estadounidenses, además de demandas relacionadas con accidentes ocurridos mientras el Autopilot o el FSD estaban activos. Hace unos meses, la compañía alcanzó un acuerdo extrajudicial para evitar un juicio tras un accidente mortal en el que estuvo implicado un Tesla Model Y.
Para los fabricantes, integrar el FSD supondría asumir riesgos legales difíciles de justificar, especialmente en mercados donde la normativa sobre conducción autónoma es cada vez más estricta. Analistas del sector apuntan a que las marcas exigen sistemas capaces de operar de forma verdaderamente autónoma, con garantías claras de seguridad y un marco de responsabilidad bien definido.
Otros caminos para la conducción autónoma
Mientras Tesla se queda sola con su estrategia, otros fabricantes han optado por alianzas distintas. Toyota colabora con Waymo en desarrollos de conducción automatizada, y numerosos grupos están apostando por soluciones propias o por proveedores tecnológicos externos que ofrezcan mayor certidumbre regulatoria.
La admisión de Musk marca un punto de inflexión en el discurso de Tesla. La idea de que el Full Self-Driving se convertiría en un estándar global para la industria parece hoy más lejana, y la compañía se enfrenta al reto de demostrar que su ambición tecnológica puede traducirse en una solución aceptable más allá de su propio ecosistema.