En una isla del sureste de Alaska, lejos de los grandes centros industriales y de las redes eléctricas convencionales, un inventor lleva más de una década intentando resolver un problema común en las comunidades aisladas: el alto coste de la energía. Su propuesta es un generador compacto capaz de producir electricidad a partir de las corrientes oceánicas sin necesidad de infraestructuras complejas.
El proyecto lo lidera Lance McMullan, fundador de la empresa Sitkana, quien ha dedicado 14 años al desarrollo del dispositivo, bautizado como Chinook 3.0. Su objetivo es aprovechar la energía mareomotriz en aplicaciones pequeñas y descentralizadas, una estrategia distinta a la de los grandes proyectos de generación a escala industrial.

14 años para revolucionar la energía mareomotriz
En su fase inicial, el sistema está pensado para barcos de pesca individuales y embarcaciones de vida a bordo, aunque la ambición es extender su uso a comunidades costeras donde el suministro eléctrico depende en gran medida de generadores diésel y donde los costes energéticos son muy superiores a los del resto de Estados Unidos. Localidades como Angoon, Hoonah o Kake figuran entre los posibles destinos del dispositivo.
El diseño busca simplicidad operativa. El generador consiste en un tubo con un rotor en un extremo que convierte el movimiento del agua en electricidad. Su peso es inferior a 45 kilos, lo que permite transportarlo y desplegarlo con facilidad. Puede instalarse de forma similar a un ancla, sin obras ni estructuras en el fondo marino.
Otra de sus particularidades es el uso de materiales plásticos, elegidos para facilitar el mantenimiento y abaratar los reemplazos en un entorno agresivo, donde la corrosión y la fuerza de las corrientes pueden dañar los equipos. El planteamiento asume que algunos componentes deberán sustituirse con el tiempo, priorizando la facilidad y el coste frente a la durabilidad absoluta.

El rendimiento también está orientado al consumo individual. El Chinook 3.0 puede generar alrededor de 1,6 kilovatios, una potencia suficiente para cubrir las necesidades diarias de una persona si el equipo permanece sumergido la mayor parte del día. El coste de la energía producida supera los 1.000 dólares por kilovatio, una cifra comparable a la de la energía eólica en determinados contextos.
La empresa prevé que el dispositivo llegue al mercado por unos 2.000 dólares por unidad, lo que lo situaría como una opción accesible para usuarios particulares o pequeñas comunidades. Antes de su comercialización, el prototipo será enviado a un centro de pruebas de mareas en Cape Cod (Massachusetts), donde se evaluará su rendimiento en condiciones reales y su impacto sobre la fauna marina.
El interés por este tipo de soluciones responde a un contexto más amplio. Alaska cuenta con abundantes recursos mareomotrices, especialmente en zonas como Cook Inlet, donde proyectos de mayor escala podrían llegar a abastecer a miles de hogares. Estas iniciativas han recibido financiación federal por su potencial para reducir el uso de combustibles fósiles y las emisiones asociadas.
Aun así, el sector enfrenta obstáculos relevantes. Aunque la densidad del agua permite obtener más energía potencial que el viento, los elevados costes de desarrollo, instalación y mantenimiento han frenado su expansión. Según expertos del sector, si la energía mareomotriz fuese la opción más barata, su despliegue sería tan extendido como el de los paneles solares.

Por ello, la viabilidad económica de esta tecnología podría depender de encontrar nichos concretos. Las comunidades remotas, con redes eléctricas limitadas o inexistentes y una fuerte dependencia del diésel, representan el escenario más favorable. Un ejemplo es el pueblo de Igiugig, donde ya se experimenta con turbinas que aprovechan las corrientes del río Kvichak para generar electricidad local.
La propuesta de Sitkana se mueve en esa misma lógica: no competir de inmediato con las grandes centrales, sino ofrecer una solución práctica donde las alternativas son caras, contaminantes o inexistentes. Si las pruebas confirman su funcionamiento y su impacto ambiental es mínimo, el pequeño generador que comenzó como un proyecto personal en un garaje podría convertirse en una herramienta útil para reducir el consumo de combustibles fósiles en algunas de las regiones más aisladas del planeta.