Paneles solares, aerogeneradores y enormes baterías están protagonizando buena parte de la transición energética europea, pero Europa empieza a asumir que no todo podrá resolverse simplemente electrificándolo. Biométano e hidrógeno vuelven a aparecer en la ecuación, aunque con una diferencia importante respecto a las grandes promesas de hace unos años: cada vez se busca más utilizarlos únicamente allí donde realmente tienen sentido.
El motivo es práctico. La demanda de electricidad vuelve a crecer impulsada por la electrificación, la inteligencia artificial, la digitalización y la relocalización industrial, mientras Europa continúa preocupada por su dependencia de combustibles importados. Un reciente análisis de Reuters identifica precisamente renovables, almacenamiento, redes eléctricas, biométano e hidrógeno entre las áreas que necesitarán inversión para responder a ese nuevo escenario.

El biométano tiene una ventaja: ya existen las tuberías
El biométano parte de una característica especialmente interesante. Se obtiene tras depurar biogás generado a partir de materia orgánica y puede utilizarse como sustituto renovable del gas natural.
Esto significa que puede aprovechar parte de la infraestructura gasista ya existente, incluyendo redes y determinados equipos, evitando tener que construir desde cero todo el sistema necesario para distribuir la energía. Además, puede almacenarse y consumirse cuando existe demanda, algo que lo diferencia de fuentes variables como la solar o la eólica.
La Comisión Europea quiere alcanzar una producción de 35.000 millones de metros cúbicos anuales de biométano en 2030, dentro de su estrategia para reducir la dependencia de gas fósil. Para conseguirlo estima unas necesidades de inversión cercanas a 37.000 millones de euros. Su materia prima puede proceder, entre otras fuentes, de residuos agrícolas y orgánicos, proporcionando además una salida energética a materiales que de otro modo tendrían que gestionarse como residuos.

El hidrógeno abandona las promesas para todo
Con el hidrógeno está ocurriendo algo diferente. Hace unos años aparecía como posible combustible para prácticamente cualquier aplicación, desde coches hasta calefacción doméstica. Ahora las inversiones están adoptando un enfoque mucho más selectivo, centrado especialmente en refinerías, química e industria pesada, donde sustituir directamente los combustibles fósiles mediante electricidad puede resultar más complicado.
La Agencia Internacional de la Energía señala que la demanda mundial de hidrógeno superó los 100 millones de toneladas en 2025, pero el hidrógeno de bajas emisiones todavía representa una parte mínima. Los elevados costes, la falta de infraestructura y, sobre todo, la ausencia de compradores comprometidos continúan frenando numerosos proyectos.
Por eso los proyectos que avanzan son cada vez más aquellos vinculados a una demanda industrial concreta y garantizada, en lugar de construir enormes plantas esperando encontrar posteriormente compradores.

Para la movilidad tampoco habrá una única solución
Esta especialización también ayuda a entender el futuro del transporte.
La batería resulta especialmente eficiente en turismos, motos, autobuses y otros vehículos que pueden recargarse regularmente. Pero cuanto más aumenta el peso, las distancias o la dificultad para detener un vehículo durante largos periodos, más sentido puede tener estudiar alternativas.
El hidrógeno de bajas emisiones sigue contemplándose, por ejemplo, para determinadas aplicaciones de transporte pesado y larga distancia, aunque su penetración actual sigue siendo reducida.
La transición energética europea empieza así a parecer menos una competición para encontrar una tecnología ganadora y más un reparto de funciones. Electricidad y baterías allí donde sean más eficientes; biométano donde pueda aprovecharse la infraestructura existente; e hidrógeno en actividades industriales o de transporte donde electrificar directamente sea especialmente difícil.
No todo será batería. Pero tampoco todo necesita hidrógeno.