China ha dado el pistoletazo de salida a la construcción de la presa de Motuo, que se perfila como la mayor del planeta y que forma parte de un proyecto monumental llamado Yarlung Tsangpo, situado en el río Brahmaputra tibetano, cuya capacidad prevista triplicará la de la emblemática presa de las Tres Gargantas.
Con una inversión estimada en 1,2 billones de yuanes (más de 130.000 millones de euros), esta infraestructura se levanta como un símbolo de ingeniería de escala colosal y representa el mejor reflejo del afán de Pekín por consolidarse como gran superpotencia energética.

La presa forma parte de un gigantesco proyecto energético
La megapresa, que aprovechará un desfiladero con un desnivel de casi 2.000 metros en apenas 50 kilómetros, contará con cinco centrales hidroeléctricas en cascada. Su potencial anual de generación asciende a 300.000 millones de kWh, suficientes para abastecer a Francia y España juntos, o al 21% de los hogares de Estados Unidos.
Este ambicioso proyecto, calificado por el primer ministro Li Qiang como la “obra de ingeniería del siglo”, no solo impulsará la transición energética de China, sino que se erige como un pilar clave de su estrategia para reducir su dependencia del carbón. Sus promotores ven en él una herramienta decisiva para estabilizar el suministro eléctrico y avanzar hacia una producción con bajas emisiones de carbono.
La relevancia de esta infraestructura va más allá de su escala. China ya cuenta con el sistema de energía renovable más extenso y de más rápido crecimiento del mundo. Según fuentes oficiales, a finales de mayo de 2025 la capacidad instalada de renovables superaba los 2.090 millones de kilovatios, más del doble que al cierre del XIII Plan Quinquenal (2016–2020), y casi un tercio de toda la electricidad consumida en el país procede de fuentes verdes.
Además, el parque automovilístico de nueva energía (básicamente formado por vehículos eléctricos) continúa su explosivo crecimiento: en 2024, alcanzó los 31,4 millones de unidades, frente a los 4,92 millones registrados al final del XIII Plan Quinquenal.
El megaproyecto en el Tíbet se inscribe en una narrativa más amplia: China busca reconfigurar el equilibrio energético global mediante la combinatoria de grandes avances en hidroelectricidad, energía solar, eólica y tecnologías de almacenamiento. En 2024, el país registró un récord en la instalación de renovables, y nuevos análisis apuntan a que ya ha superado su objetivo previsto para 2030, adelantando su liderazgo en energías limpias.
Sin embargo, la monumentalidad del proyecto también despierta inquietudes. Países vecinos como India y Bangladés dependen del caudal del Brahmaputra y observan con preocupación los posibles impactos en el caudal fluvial, la seguridad hídrica y los ecosistemas locales. Bajo el cañón más profundo del mundo, la construcción implica la excavación de túneles y captaciones de agua que podrían alterar el curso natural del río.

A nivel interno, la obra despertó protestas en el Tíbet, donde comunidades y activistas expresan alarma por el desplazamiento de poblaciones, la alteración de ecosistemas frágiles y la transformación irreversible del paisaje cultural y natural. Las repercusiones sociales y medioambientales siguen siendo motivo de debate, mientras Pekín avanza con determinación en su construcción.
La nueva obra hidroeléctrica, junto con la expansión de la solar, la eólica y el almacenamiento en parques de baterías, reforzará la disponibilidad de electricidad limpia, sentando las bases para una red más robusta, sostenible y capaz de alimentar el parque creciente de vehículos eléctricos. La mega-presa del Tíbet no solo redefine el escenario energético global, sino que anticipa cómo se estructurará la infraestructura del mañana para un mundo descarbonizado.