El tiempo ha terminado dando la razón a Stella Li, vicepresidenta ejecutiva de BYD y una de las figuras clave del ascenso global del fabricante chino. Mientras gran parte de la industria y la opinión pública han planteado la rivalidad entre BYD y Tesla como el gran duelo del coche eléctrico, Li lleva años defendiendo una tesis distinta: el verdadero enemigo no es otra marca eléctrica, sino los motores de combustión.
Una visión que, lejos de ser retórica, está ganando peso en un contexto internacional cada vez más complejo para la movilidad eléctrica, marcado por tensiones comerciales, cambios regulatorios y un replanteamiento de los incentivos públicos.
Un enemigo común para BYD y Tesla

Según ha explicado en diversas ocasiones la directiva china, BYD y Tesla compiten en el mismo frente, tratando de acelerar la transición energética en un sector históricamente dominado por motores de gasolina y diésel. Desde su punto de vista, la rivalidad directa entre fabricantes de coches eléctricos como Tesla resulta secundaria frente al reto estructural de sustituir un parque automovilístico aún mayoritariamente térmico.
Esta lectura estratégica anticipó un escenario que hoy es evidente: los principales frenos al crecimiento del coche eléctrico no provienen de la competencia entre marcas, sino de decisiones políticas, normativas y económicas que prolongan la vida del motor tradicional.
Aranceles, normativas y señales contradictorias
En los últimos meses, el mercado ha confirmado parte de esas advertencias. La imposición de aranceles europeos a los vehículos eléctricos chinos, junto con las nuevas tasas comerciales impulsadas por Donald Trump en Estados Unidos, ha ralentizado la expansión internacional de marcas como BYD, pese a su fuerte competitividad en precio y tecnología.

A ello se suma la decisión de la Unión Europea de flexibilizar los objetivos de emisiones, dando algo más de margen a los fabricantes que no habían alcanzado sus metas a corto plazo, y también mediante cambios repentinos repletos de posibles interpretaciones que lo único que hacen es crear incertidumbre. Aunque esta medida busca proteger a la industria local, también penaliza a las marcas que apostaron antes y con más fuerza por la electrificación, entre ellas los fabricantes chinos. De hecho, hay partes en la Comisión Europa que quieren que se apliquen nuevos aranceles también a los coches híbridos llegados desde el país asiático.
Estados Unidos y el retroceso de los incentivos
En el mercado estadounidense, la situación no es más favorable. La retirada de ayudas a la instalación de cargadores y la eliminación de los créditos fiscales al coche eléctrico refuerzan la competitividad de los modelos de combustión frente a los eléctricos. Un contexto que afecta tanto a Tesla como a BYD, aunque con impactos distintos, pues la firma china todavía no ha sido capaz de entrar en el mercado norteamericano. Una de las críticas por parte del Gobierno de Trump ha sido hacia Ford, por las conversaciones que está teniendo con el fabricante asiático para que le suministre baterías.
Mientras Tesla lidia además con problemas de imagen y presión sobre márgenes, BYD continúa expandiéndose con una estrategia industrial más diversificada y una menor dependencia de un solo mercado.
BYD mantiene su hoja de ruta global
Pese a las dificultades, BYD no frena su ambición. El grupo chino tiene en marcha la implantación de fábricas en Europa para esquivar aranceles y consolidar su presencia local. La compañía aspira a seguir creciendo en 2026, apoyada en su dominio de la cadena de valor de baterías y en una oferta cada vez más amplia.
En ese escenario, la advertencia de Stella Li cobra aún más sentido: prolongar artificialmente la vida del coche de combustión retrasa la transición y perjudica a todo el ecosistema eléctrico, incluidos sus principales protagonistas.